mié

02

mar

2016

El ilusionista

Qué disgusto, qué de disgustos. Otro marzo que comienza, ¡ay marzo!, y con él, reaparece ante nuestros ojos la triste y polvorienta familia de bolas rodadoras del desierto de cada año. Una detrás de la otra, gira que te gira, mientras no nos queda otro remedio que contemplarlas desde la resignación y el aburrimiento más profundo.

 

Lo que para cualquiera supondría decir “hasta otra” al abrigo, atender la llamada a la puerta de la esplendorosa primavera, qué sé yo, contemplar el estallido en flor de los cerezos del Jerte, las torrijas y las procesiones de Semana Santa (o de Festividades, por la gloria de Carmena), para el madridista militante es el comienzo de una época de trincheras. Se nos invita a hacer equilibrismo por un precipicio mientras cien cañones por banda apuntan al corazón mismo del Paseo de la Castellana, el Verdún del XXI.

 

Cualquiera podría pensar que es este un episodio atemporal, quién hace la guerra en la primavera, pero estaría equivocado. En tiempo de Cuaresma, los madridistas, además de Viernes de Dolores, tenemos sábados y domingos, y sabemos muchísimo de torrijas! Habrán visto anuncios, “Concha Espina 1, maestros pasteleros en la variedad de torrija mental”. Somos la leche y estamos en tiempo.

 

Y digo somos, porque lo siento mío. Muy muy mío. Es por esto por lo que me duele tanto el sábado o el domingo, por lo que aborrezco las torrijas y por lo que detesto ver ante mis ojos las puñeteras bolas rodadoras de las que os hablaba al principio, con el hándicap de que el polvo que las acompaña nubla la visión y hace perder perspectiva. No siempre fue la primavera su tiempo y la Castellana su desierto. Podrán creerme o no, pero hubo una época en la que se paseaban, ¡todo el año! esbeltas por las Ramblas. Qué tiempo tan feliz, parafraseando a la Campos.

 

El hecho es que le han cogido gusto a la Capi, quién no, y encima, una vez afincadas en Madrid, han decidido cambiar de barrio. Del noreste al centro y aquí, del Paseo de los Melancólicos a Chamartín. Dónde va a parar, es natural el cambio. No es el hecho, sino la causa la que quiero desgranaros hoy.

 

Hace 16 años, casi media vida, me-dia-vi-da, se apareció en el Bernabéu un mago que todo lo que tocaba lo convertía en oro. Del tiempo de bailar “la Macarena” en el palco, pasamos a ser presididos por un tipo que realizaba promesas inverosímiles y las cumplía. El ilusionista le llamaban. De él, se conocía su nombre, Florentino, y su apellido, que dramáticamente coincide con el mío. Vericuetos de la vida.

 

Sus actuaciones llenaban estadios en pleno julio. No había persona que se resistiera a sus encantos. Sus trucos, de lo más diversos. Entre otros, la servilleta mágica con la que consiguió una declaración de amor eterno de Zidane o la manga de la que salió Ronaldo el gordo aquella noche del 31 de agosto. No me digan que no tiene mérito. Un gordito de la manga de una camisa. Como para no quedar obnubilados ante semejantes proezas.

 

Y encima era una máquina de hacer dinero. Con lo que nos gusta a la gente (término tan en boga últimamente) la pasta. Gansísisima oye. No hay mejor propaganda posible. Somos (vuelvo a la primera del plural) el Club más laureado del mundo y encima los más ricos. Quién nos tose, eh, quién.

 

La realidad es que nos tose todo quisqui. Sí, todo quisqui viviente. Y se preguntarán, ¿cómo puede ser eso posible? ¿Cómo se rompió el hechizo de esa forma?

 

Pues exactamente cuando el mago pensó que la Historia gana (y si es la más grande, golea) y que el dinero por sí solo, asegura campeonatos. Además, consideró que él era capaz de todo. Fue en ese momento, cuando las bolas rodadoras cogieron carretera y manta desde el noreste, dirección Madrid. Y lo peor de todo es que no nos dimos cuenta.

 

El mago, por su parte, empecinado en la creencia de que con sus súper poderes podía encumbrar a propios y someter a extraños, continuó su labor de ilusionismo.

 

Quería que sus números fueran por todos conocidos y extendió invitaciones a personas de distinta procedencia. Entre los espectadores de lujo, un año contó con un salmantino, otro con un apuesto portugués, también con un murciano, un madrileño, un brasileño con un cuadrado ¡mágico!, un psicólogo, un chileno, otro portugués, un italiano (ay, el italiano), otro madrileño al que le gustaban los Phoskitos y un francés. Podría parecer aquello de “iban un gallego, un andaluz y un catalán”, pero no. No es chiste, sino un truqui - drama.

 

En determinadas actuaciones, se hizo acompañar de ayudantes, que más que colaborar en los trucos, hacían el papel de figurantes. No deseaba que pudieran pensar de él que era un ególatra, si bien era por todos conocido que los súper poderes eran exclusivamente suyos. Entre los figurantes, contó con un argentino de delicadísima prosa, un Benito, un italiano llamado Arrigo, un plomo que aun contando con un pasado de relumbrón, se hizo tan pequeño ante él que le trataba como un ser superior, un ex compañero del plomo, y un misterioso señor al que apodaban JAS.

¡Qué variedad de trucos y qué despliegue de ayudantes!. “Con esta fórmula, el éxito está asegurado”, podría cualquiera pensar. Craso error.

 

Sigo, no sin antes avisarles que ahora viene la parte complicada de este cuento tan bonito. Absténganse los niños puesto que su sensibilidad puede ser herida, luego no digan que no se lo advertí.

 

Lo que estuvo asegurado fue el fracaso más estrepitoso. Y la infelicidad. Y la mofa. Hasta una chirigota en el Carnaval de Cádiz.

 

El motivo fue que Florentino, recuerden, así se llamaba el mago, se enamoró de sí mismo y de sus trucos. Con el que más disfrutaba era con uno en el que hacía aparecer un conejo de una chistera. 

 

¡Le encantaban los conejos! Compró muchos ejemplares de una especie concreta. Todos de la misma familia, con pequeñas modificaciones de unos con respecto a los otros, tan blancos, tan bonitos. Tan iguales.

 

Además de conejos, necesitaba chisteras. Y fíjense cómo era, que no quiso que ningún otro mago en el mundo pudiera contar para sus trucos con las mismas chisteras que él, así que las compró todas.

 

Un día, uno de los figurantes se atrevió a sugerirle: “hay más trucos que podríamos incorporar a nuestros números. Deberíamos enriquecer nuestro repertorio. Además de conejos y chisteras, podríamos emplear pañuelos y cartas, varillas y cuchillos”, le dijo esperando su reacción.

 

Esta idea descabellada enfureció al mago. ¿Si eran figurantes, cómo se atrevían a dar consejos? ¿Cómo es posible que dijeran “nuestros números y nuestro repertorio” si todo aquello era exclusivamente suyo?, se planteaba el ilusionista con disgusto. Así pues, decidió prescindir de todos. Salvó eso sí, al mito-plomo, ese que no molestaba, el que le rendía pleitesía.

 

Y así fue como poco a poco, el éxito le fue abandonando. Seguía siendo el más rico, el estadio continuaba lleno, pero la gente ya no estaba feliz.

Acudían al espectáculo cada fin de semana cegados por el polvo que levantaban las bolas rodadoras de la Castellana. Fieles pero apesadumbrados, sabedores de que contemplarían un numerito que se sabían de memoria, mientras que otros magos iban atrayendo la atención de personas de todas partes.

 

El ilusionista recordó aquello de las cartas y los pañuelos y decidió arriesgar. Trató de conseguir que sus conejos hicieran desaparecer el as de copas y sacaran un pañuelo de detrás de sus largas orejas, pero no lo logró. Pensó que quizá, trayendo otros conejos más inteligentes lo conseguiría.

 

Lo que no se dio cuenta era que estaba buscando que sus conejos hicieran cosas de las que no eran capaces, ¡no era lo suyo!.

 

Tampoco entendió eso ni todo lo demás. Su modelo estaba abocado al fracaso y sólo arrancaba las palmas cuando alguno de los conejos de los que disponía, (recordad, eran una especie única), era capaz de realizar un número asombroso. Pasaba con cierta frecuencia, pero no con la asiduidad que se esperaba de ellos. Incluso, alguna vez, provocaron en el público lágrimas de felicidad, en concreto recuerdo un momento estelar "in extremis". Aquel maravilloso día del minuto 93. 

 

Es duro, ¿verdad?; ya se lo advertí.

 

El corolario de este cuento ya he mencionado antes.

 

¿Se acuerdan cuando les dije que todo comenzó cuando el mago pensó que la Historia gana y que el dinero por sí solo, asegura campeonatos? Ahí estaba la clave de todo esto.

 

El dinero por sí solo no asegura nada, tampoco la felicidad. Lo que sí puede y debe hacer, es ayudar a encontrarla, siempre y cuando sea empleado de forma conveniente.

 

Y con respecto a la Historia, sólo vale una cosa. Mejor dos. Respetarla y honrarla. Si no se hace esto, corremos el riesgo de que sólo los que tengan el Don de la Memoria puedan recordar lo que fuimos y lo que es aún peor, que otros que estaban muy muy lejos, puedan llegar a igualar o superar nuestros hitos. Duele.

 

No se me ocurre una manera mejor de respetar nuestra Historia que no sea ganar. Y volver a ganar. Y volver a ganar y ganar. Honrémosla.

 

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dom

01

nov

2015

¡Este muerto está muy vivo!
















Este muerto está muy vivo!, ha sido mi primer pensamiento al ver de buena mañana un correo electrónico anunciándome que había un nuevo comentario de Magdalena en el blog.

Tiene mérito que alguien se acuerde de él, a pesar del flagrante ejercicio de desatención hacia mi tribuna y sus “seguidores”, dicho esto con cierta vergüenza y suponiendo que a alguien en cuyo carnet de identidad no figure el nombre de "Teresa Delfa" (mi madre) le interese mínimamente las tonterías que escribo. Prosigo.


En estos meses de ausencia ha habido cambios sustanciales en mi vida. Dije sí y sólo sí a comienzos de septiembre y lo que puede parecer muy sencillo - simplemente una palabra de dos letras, una de ellas acentuada, eso sí -, es en realidad un tsunami de tareas asociadas que debe pillarte en forma. Aviso para navegantes.

Quien dice tsunami, podría perfectamente referirse a la situación en la que te ves dentro del tambor de una lavadora – mi amigo Queipo puede ilustrarnos sobre el qué se siente-, que comienza a centrifugar y en cuyo final te cuelgan (sientan) en un avión con destino al más allá.


El más allá en nuestro caso fueron las lejanas tierras del país del sol naciente. Suponía para nosotros una decisión “arriesgada”. “Uhhh vives al límite, Elena”, podría imperarme alguien. Pues sí. El riesgo subyacente consistía en la posibilidad de morir de inanición por nuestro rechazo sistemático a la comida nipona. Que está de moda es un hecho, como también lo es que un trocillo de pescado crudo sobre una bola apelotonada y petrificada de arroz no puede superar a una lubina a la sal con sus patatitas bien doradas al horno.

Esta sentencia sé que será impopular (además de un poco tendenciosa) entre los sushifans pero no me amilano, lo discutimos cuando tengáis respuesta a la pregunta, “¿Para qué si no se inventó el horno? ¿Sabéis acaso lo que es una sartén? Eh, eh, eh.

Dejando a un lado nuestra aversión por lo crudo, no sólo no desfallecimos por la no ingesta de alimentos, sino que os ruego encarecidamente que vayáis, que visitéis ese país y conozcáis a esa gente y lo hago pasando de puntillas por las 19 horas de vuelo tras centrifugado!


Creo que debéis ir por numerosas razones. Primero porque viajar es la mejor forma de abrir los ojos y la mente, de enriquecerse cultural y personalmente, de descubrir a “los otros” y por ende dejar de pensar que la Tierra gira en torno al propio ombligo. En los tiempos que corren, si Copérnico levantara la cabeza y viera dónde creen algunos que está el epicentro de la Tierra, le daba un buen parraque.

Os cuento algunas cosas que descubrimos.


Nos llevamos la impresión de que se trata de una sociedad estrictamente organizada. Por poner un ejemplo, los tokiotas circulan en el metro por carriles imaginarios sin que nadie traspase la mediana que separa a los que suben de los que bajan, a los que esperan en fila la llegada del siguiente tren de los que se apean del mismo apresurados, mascarilla en ristre.

En los vagones, hay indicaciones para que no hables, ni por el móvil, ni lo que es más grave, sin el móvil. Hice por supuesto que no entendía el símbolo de una boca tachada, porque la otra opción, callarme, me llevaba directamente a morir. Riesgo dos.

En los baños, además de un elenco de botones tipo mando a distancia para ser regados por Dios sabe qué chorros de agua, había manuales pegados en las paredes sobre cómo utilizarlos. Es decir, no se meta dentro ni se ponga de pie encima del inodoro. Es posible que en la siguiente edición del cartelito, incluyan un "no se lave la cabeza con ese agua", no vaya a ser que a alguien se le ocurra semejante idea. Lo cierto es que entretenía la operativa, no os voy a mentir. 


Otra cosa! Encontré el remedio para solucionar el mal endémico del paro. Pon un ejército de empleados públicos en tu vida. No hablo del funcionariado español ni nada por el estilo, no se me revolucionen. Hablo de la presencia de hasta cuatro personas en un pasillo unidireccional del metro para indicar por dónde seguir caminando. Vivir a lo loco en versión japonesa debe ser que no haya nadie para indicarte que no debes subir las escaleras mecánicas cuando éstas bajan, o ya en la superficie, que para retirar los conos desplegados la noche anterior en la calle con motivo de una manifestación, haya menos de sesenta personas en torno a uno que es el que realiza la operación de retirada cónica. Ellos son "the observers" y no aquel bigotudo del Camp Nou.


Alguno de los candidatos a las elecciones generales podría llevarlo en su programa. Os juro que así se resuelve. Alguno menos Iglesias, claro, a ver si va a gustar la propuesta y nos da un sustazo llevando la coleta a la Moncloa. Bromas las justas.


Qué más. Los peluches y dibujos japoneses que hemos visto en la tele toda la vida estaban por todas partes. Pues vaya descubrimiento, podréis decir, si todos sabemos que eran japoneses. Pues sí, pero lo llamativo es que allá donde ibas había un Pikachu o un muñeco o un oso panda vestido de revisor de tren. ¿Creéis necesario que se ilustre un cartel en el que se indicaba que no se debía empujar a nadie a la vía con Doraemon el gato cósmico en una esquina del póster?. Tenía su gracia aunque debí repetir hasta casi torturar la frase “estos son más infantiles que yo” como unas dos millones de veces en dos semanas. Avatares de la vida conyugal.


Un tercer aspecto. Además de infantiles y organizados, son absolutamente amables.

Nunca me había pasado que estuviera cayendo el diluvio universal y nosotros, mojados hasta las rodillas y con un paraguas para los dos, viéramos cómo paraba un coche a nuestro lado en la acera, se abría la ventanilla y salía una mano con un paraguas en nuestro auxilio. Nos quedamos boquiabiertos preguntándonos si eso que acababa de suceder era real. Ni siquiera llegamos a ver la cara de la persona que nos lanzó el salvavidas en medio del tifón.


Esa fue la mini-anécdota. La maxi, fue cuando me olvidé mi bolso en McDonalds una noche, y el día siguiente me di cuenta de mi fatal error. Salí corriendo como alma que llevaba el Diablo hacia allá y tras casi zarandear a la pobre señora que me atendía que no entendía una palabra de inglés, ví en un cuaderno que sacó llenito de caracteres japoneses, “Elena Pérez Delfa”. Le señalé mi nombre y entonces pareció comprender. Salió conmigo a la calle a indicarme que fuera a la “Police” y allí me recibió una amable japonesita que me preguntó por el contenido de mi bolso. “Los pasaportes, mi cartera y 60 tapones para el reciclaje”. Casi nada. Al rato me trajo el bolso con el contenido exacto del mismo, no sin antes preguntarme cuál era el objetivo de mi viaje. Extrañada se quedó cuando le respondí “turismo” a lo que supongo que debió añadir “ecológico”. Vaya vergüenza…aunque me consuelo inculpando a la friki recicladora de mi hermana.


Lo más impactante es que no son sólo amables con los humanos. También con las deidades, aunque dudo de si en este caso buscan algún tipo de favorcillo. Las estatuas de Buddha lucían un gorrito de tela al estar un poco complicado que sujetaran ellas mismas un paraguas. Pero anda que no debe ser desagradable que te caiga semejante tunda de agua encima de la cabeza calva. Me diréis que no son atentos estos tíos.


Por último, quería hablaros de su deporte. No es el béisbol, ni el fútbol como creen. Es el doblamiento de torso. Lo ejercitan cada aproximadamente 10 milésimas de segundo. Para todo. En vez de respirar, ejercitan los músculos de la cara, estiran los mofletes para sonreír (los ojos no les hace falta) y sueltan el aire mientras pronuncian “arigato”. Algo así como “gracias”. ¿Pero gracias por qué? Pues yo qué sé, por todo y para todos.

Imaginad un establecimiento de comida rápida en una estación de metro por la que pasan 4 millones de personas al día. Y unas colas kilométricas para ser atendido. Pues la dependienta ejercitaba el balanceo de medio cuerpo por cada persona que atendía. Y si para un pedido iban dos personas, zas zas, dos movimientos rápidos de arriba a abajo y de abajo a arriba. Matador si tu forma es mi forma actual pero más económico que pilates, zumba y todos esos mundos desgarradores de músculos agarrotados tan de moda hoy en día.


Ayyy y una última cosa si es que alguien ha llegado hasta aquí leyendo. En Japón no existen los sobornos. El último día de nuestra estancia en Tokio nos despertamos a las 3:30 de la madrugada para ir al mercado central de pescado a ver una subasta de atún. Diréis vaya chorrada, si te dicen de ir a Mercamadrid un día a esas horas les mandaría bien lejos. Pues ya, pero es la vida del turista, lo que os decía de aprender y todo aquello.

Llegamos allí a las 4:15 y coincidimos en la puerta con un grupo grande de turistas españoles. Había un guarda en la puerta que nos comentó que “No tickets”. Como pudimos entendimos que se habían acabado una hora antes. Mucho loco por el mundo.

Cuando desapareció el grupo de españoles, me acerqué al amable guarda y le comenté que era nuestro último día en Tokio, que éramos sólo dos, poniendo la mejor de mis sonrisas. Déjanos pasar querido. Pues el hombre se ofendió, “no please, no please” con los brazos en aspa en señal de prohibido. Si no le dije nada de darle dinero, por qué tanto susto!! Me sentí fatal pero había que intentarlo. Espero que al menos pensara que era italiana.


Al final este post se ha convertido en un ejercicio de plasmar por escrito los recuerdos de dos semanas inolvidables puesto que dudo que alguien haya llegado hasta aquí. Ni os he hablado de la carne flotando en un líquido que seguramente fuera venenoso ni nada. Pero ya qué más da. Lo que sí he mantenido antes y después del sí, ha sido que no sé resumir.


O sí. Id. Por favor.

mié

03

dic

2014

El Club de Carlos

Desde hace algo más de un mes, todos los miércoles por la mañana repito la misma operación. El ser humano es un animal de costumbres, y yo por supuesto, no soy excepción. Es curioso este mundo nuestro de Internet, en el que a través de Twitter (muy fan, lo sabéis), Instagram o de cualquiera de las páginas web que cada uno visite con asiduidad, se comienza a conocer a las personas con las que compartes “espacio virtual”.


De mi cita semanal con una de ellas vengo a hablaros ahora. Él no lo sabe, sus citas son de uno para muchos, si bien qué más da, quién dijo celos.


Mis encuentros son con Carlos Matallanas, periodista de El Confidencial, que cada semana nos convoca a su tribuna. Su tribuna es un blog. Como intuís, son citas rápidas y sencillas: lees, admiras y te vas.


Y te vas, si tu cabeza te permite desconectar. A mí, que siempre fui muy de enganches, me tiene pillada por su humanidad, por su positivismo, por el mensaje de vida que brinda a cada uno de los lectores que nos acercamos a leerle. En mi caso personal, y entiendo que ésto influye también lo suyo, he tenido un familiar muy cercano en una situación parecida, así que vengo a este foro, a reclamar para mi tío Pedro, el carnet de socio del club de Carlos.


“Los del club de Carlos” son un grupo especial. Igual que los miembros de una asociación de amigos del ajedrez se caracterizan, además de por sus jerséis de rombos, sus gafas de pasta y su cara de rusos, por la búsqueda obsesiva del “jaque– mate”, éstos también tienen su distintivo. También persiguen su leitmotiv.


Lo que ocurre es que para descubrirlo, es necesario que sea la vida la que te ponga en “jaque”. La partida iba de lujo y de repente "zas", tu Rey en peligro. Y mira que es caprichosa la tía, no sigue ningún patrón preestablecido. Ni rombos ni pasta ni ruso, elección pseudo - aleatoria. Pues bien, es justo ese momento, el del jaque, en el que comienza tu candidatura de ingreso al grupo. Atentos, que viene la miga.


El Club te exige una actitud muy particular ante la vida y sus vericuetos. Una forma de encajar el “jaque” que no es otra que sacar lo mejor de ti para tratar de revertir la partida. Has leído bien, LO MEJOR DE TI. Además es particular –como el patio de mi casa-, por requerir de una capacidad de adaptación al medio, véase, tu propia vida, poco habitual en los tiempos de hoy en día, en los que todo está a nuestro alcance, donde no hay más límites que los que el mismo medio (o la cobertura) te presenta.


En ocasiones, “esos límites” se convierten en "estos límites". Inimaginable antes de empezar a jugar, cuando "las blancas" (mis colores son inamovibles) lucían bien ordenaditas a tu lado del tablero. Además, de haber límites para alguien, será para el oponente, mi padre es Gary Kaspárov. Pues qué va. De golpe se presentan esos límites ante ti para quedarse y es ese, precisamente ese, el momento en el que te toca mover ficha.


Y comprended bien, que cuando digo límites, son todos los límites. Pues bien, es aquí donde surge la oportunidad de que demostrar si eres digno del carnet.


De que afloren mil primaveras en una persona, capaz ella sola de tumbar con un movimiento la torre y el alfil del enemigo, de irradiar y contagiar de pura energía a todos aquellos que asisten a la partida. De acatar la maldita suerte de encontrarse de bruces con la vida para defender a tu Rey sin resignarse jamás. Y cuando escribo jamás, estoy diciendo exactamente eso. Nun-ca, venga la partida como quiera.


Y los espectadores mientras qué podemos hacer. De primeras, comportarnos como generadores autómatas de preguntas, que surgen de nuestra propia incapacidad para comprender. Es imposible que la primera sea otra diferente a “¿por qué? en sus distintas versiones. Porqué a nosotros y porqué así.


Pero os dije que eran gente especial, así que a nosotros no nos queda otra que intentarlo.


Podríamos quizá preguntar el por qué este ejemplo de vida tan brutal y tan cercano.


Y ahí sí que sí, la respuesta sólo puede ser una. GRACIAS. A tí Pedro, Laura, Carlos.


@elenaperezdelfa


/* Por si os interesa cómo sigue la partida, os dejo el enlace al blog: http://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/mi-batalla-contra-la-ela/

 

Y su cuenta de Twitter: @CMatallanas15 */

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jue

23

oct

2014

La pasión turca

Una de aventuras para mi tribuna.

 

La semana pasada por motivos laborales estuve en Ankara. Otro rollo, otro mundo. Era mi primera visita a la tierra de Atatürk y vengo a contaros algunas cosas que me llamaron la atención durante el viaje.

Mi primera sensación al pisar terreno turco fue de alivio. Una leyenda negra como la del Madrid con Franco se cernía en torno a los controles de pasaportes en Estambul. Que si es la puerta de entrada a Asia, que si el tránsito de oriente a occidente, que si patitín, que si patatán.

 

Que sí, leyenda. Pero era a mí a quién le tocaba lidiar con un armario empotrado bigotudo y con cara de todo menos de amigo al que suponía que tenía que explicar por qué en mi pasaporte figuraba el visado de un país tan cosmopolita como Arabia Saudí y cuáles eran mis intenciones para con Turquía.

Me planté delante con más miedo que vergüenza y antes de que pudiera balbucear palabra, el armario abrió la boca para sonreírme y permitirme el acceso sin preguntas. Sólo “dientes, dientes”. Prueba superada.

 

Tras la escala de rigor en Estambul, aterrizamos en Ankara, destino último de nuestro viaje y la salida del aeropuerto fue memorable. Al abrirse las puertas de salida de la terminal, una multitud encendida de cabezas cubiertas, ataviadas con ramos de flores y cámaras fotográficas a lo chino nos brindaban una bienvenida tan calurosa como insospechada. Imagino que a algo similar se refería Rosa López cuando hablaba de la sensación visual que le provocaba el público de sus primeros conciertos.."eran como lentejillas". Pues aquí un poco más escasas, pero lo mismo. 

 

Días después nos enteramos que la semana anterior había sido la fiesta del cordero para el mundo musulmán, y aquella multitud estaba esperando a una marea de peregrinos procedentes de La Meca y no a aquellos 5 ingenieros que se creyeron por un momento estrellas de la copla y la canción.

Tras esta situación surrealista, os resumiría mi primera impresión sobre Ankara así: "Quien tiene una luz de neón tiene un tesoro". Que, qué? 

 

En el trayecto del aeropuerto hacia el hotel, asistimos a un espectáculo de luz – sin sonido – procedente de edificios aparentemente de viviendas desde donde se proyectaban luces de neón de todos los colores hacia el cielo turco. No entendí nada de aquello, a menos que cada uno de esos edificios fuera la sede central de “Los Ángeles de Charlie” en versión turca. Cine con rombos, ya sabéis.

 

A partir de ahí, a trabajar se ha dicho. Una cosa que desconocía es que en Turquía viven del té. Cada media hora irrumpía en la sala de reuniones, un amable señor con una bandeja cargada de pequeños vasitos de té. Al tercero icé mi bandera blanca (no podía ser de otro color), ante el riesgo de terminar con la tensión desplomada y acto seguido la acompañara el resto de mi cuerpo en dirección al suelo. Problemas diuréticos en Turquía, ni por asomo. Si a mi con unas aceitunas rellenas de anchoa me valía.

 

Si no querías té, la alternativa era el café. EL-CA-FÉ. Ya me habían advertido que se trataba de una bebida especial. Lo de especial, lo entendí después. Lo que aún me cuesta es comprender es porqué le llaman bebida, si hay que tomarlo con cuchillo y tenedor. Qué densidad, qué intensidad.

Tras 3 días resistiéndome, decidí vivir a lo loco y probarlo por no quedar de estirada delante nuestro anfitrión. ¿Con azúcar? Me preguntaron. Sí, por favor, 3 ó 4 sobres, gracias. De sobres nada de nada, allí o lleva azúcar desde su concepción, o dale amargor a tu cuerpo Macarena, puesto que una vez servido, no existe opción para remover aquello, a no ser que se tenga a mano...un rastrillo!

 

No viven sin té y tampoco sin picante. Hasta el pan llevaba guindilla. Sé que es exagerado, pero no fueron pocas las veces en las que preguntamos en los restaurantes si aquel plato concreto picaba, y los amables camareros respondían con un "no" rotundo. Picar, qué demonios es eso. Pues es exactamente sentirte como un dragón capaz de encender con tu aliento lo que se ponga por delante. Ese es el concepto occidental de picar, señor. Una de dos, o su paladar está hecho de otra pasta, o no entendían la palabra “spicy”. Para la próxima me la llevo aprendida en turco, o más bien cómo se escribe, porque pronunciarlo es harina de otro costal.

 

Más cosas, la conducción. Corrijo, allí no se conduce. Allí uno se lanza a la carretera como un poseso enloquecido con su taxi. Que el taxi tenga todas las piezas reglamentarias, es otro tema. Como también que puedas bajar tu mano del techo o de la guantera durante todo el trayecto - vaya suerte la del copiloto, doble nivel de sujeción -, mientras en la radio sonaba el Bisbal turco.

Quién dice Bisbal, osea yo, sabe que debería decir, lectura ininterrumpida del Corán, pero me tranquiliza pensar en los rizos, mecanismo de autoengaño. A partir de ahora le llamaremos el Bisbal del Corán.

Pues bien, su ritmo era lo único pausado de cada viaje por aquella maraña histérica de coches, taxis, autobuses, minibuses y todo tipo de medios de transporte que os imaginéis. Quizá fue una ensoñación fruto del pánico pero creo que ví hasta un dromedario pujando por ocupar un hueco en la fila de cinco coches en paralelo en una calle de dos carriles. Y no eran anchos, no. Los conductores pasaron su infancia entera jugando al Jenga.

 

En uno de los trayectos, los 4 ocupantes del taxi emitimos al unísono un grito desesperado (por supuesto, yo establecí el umbral del volumen) al ver que un señor atravesaba una carretera como la M-30 caminando, mientras el taxi se lanzaba en su dirección, sin aminorar su marcha y sin que el transeúnte saliera corriendo despavorido en dirección a la acera. Lo único despavorido fue la reacción del taxista, que soltó una sonora carcajada en respuesta a nuestro alarido. Otro rollo, otro mundo, ya os avisé antes.

 

El tema del fútbol también surgió. En una conversación más o menos distendida, se me preguntó que de qué equipo de Turquía era. Mi respuesta fue, además de improvisada (jamás lo había pensado), friki puesto que le comenté que tenía mis dudas ya que Roberto Carlos y Guti jugaron allí en Fenerbahce y Besiktas y era difícil decidirse entre dos mitos.

 

Por supuesto, el jefe era del tercer equipo en discordia, el Galatasaray y bajó el bigote cuando le comenté, por decir algo, "qué casualidad, el Madrid jugó contra vosotros el año pasado". “Nos ganasteis 3-0” me dijo, y fue ese el momento en el que intuí que debía cambiar de tema, antes de que se escapara por mi boca que lo sabía y que el resultado de vuelta en Estambul fue 1-6. Estuve lista.

 

El día siguiente en la reunión, delante de la plana mayor de su empresa y la mía, ví que sentado en la cabecera de la mesa – esa posición distingue - me señalaba y decía una frase en un turco que intuí muy cerrado y con un tono de todo menos amable, que la traductora debía transmitirme en inglés.

Fue un alivio que la pregunta no girara sobre ningún tema laboral, y sólo me consultara de nuevo sobre la misma cuestión, como si un ejercicio de prueba y error se tratara. “Del Galatasaray de toda la vida, Sir” le respondí y el señor sonrió a la vez que todos los presentes, aliviados. Salvada por la campana.  

 

Por último, dejadme deciros algo sobre la estética de los edificios. Neón aparte, a la luz del día descubrí numerosísimos banderones rojos con la estrella y la media luna desplegados en las fachadas de los mismos, acompañados por una fotografía de Atatürk más grande que lo que debió ser su propia persona.

 

Inmediatamente pensé que en oriente (medio) son muy dados a los iconos. Cuántas imágenes de manifestaciones con la foto de una persona enmarcada y alzada en medio de todo el gentío. En Turquía sólo había un retratado, Atatürk. Indagando un poco por Internet para aprender algo más sobre él, descubrí que además de ser el padre de la patria turca, fue el que con sus decisiones permitió que hoy sea posible que compartan parada de autobús, una chica ataviada con una minifalda y taconazos y otra cubierta por completo con únicamente los ojos libres de tela.

 

Obviando todas las bromas anteriores, esto es lo que más me llamó la atención sin lugar a dudas. Gente coetánea perteneciente al mismo país y civilización, con convicciones y modus - vivendi tan diferentes. Pensé en la situación que estamos viviendo en España, y en cómo tratan de poner de manifiesto diferencias entre nosotros que ni se le aproximan.

 

Como receta se me ocurre una buena dosis de “mundo” para alguno con cortura de miras, y la lección de que es mejor sumar que restar al diferente, para sólo así, quizá algún día, ser digno de verse retratado en alguna fachada o en algún libro. Queda dicho. Continuará

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jue

21

ago

2014

Tan grandes, tan pequeños.

“El médico y la enfermera infectados con ébola en Liberia y trasladados hace tres semanas a Estados Unidos para recibir un tratamiento experimental superaron la enfermedad y han recibido el alta médica este jueves”.

 

Antes de nada, amigo anónimo, deberás confirmarme si esta noticia publicada en tu periódico tiene copy-right, en cuyo caso pasaré convenientemente por caja. Compromisos económicos aparte, considero que resultaría letal para los que se acercan a esta tribuna que tras mes y medio en paradero desconocido, apareciera por aquí con rodeos. Por una vez en la vida trataré de ser directa. Si lo consigo o no, me lo diréis vosotros.

 

Al lío. He participado esta semana y pico de vacaciones en más debates que "Pablemos" en el último año. Quien dice participar, quiere decir organizar, lo mismo da. La pregunta que valía como pistoletazo de salida era cortita y al pie: qué hacemos ante el ébola.

 

Debo reconocer que en ocasiones he debido mantenerme callada – como lo oís, Elena Pérez en mute!! - ante alguna argumentación. Elena la tozuda reflexionaba unos instantes, pero siempre acababa manteniéndome inflexible en cada una de las mesas redondas - ni redondas ni con mesa, pero realza la escena - en las que he participado. Pero es que lo veía clarísimo. Os cuento.

 

Creo que he dado con la clave de mi cerrazón. Se trata de una frase que bien podría servir de inspiración al guionista de “8 apellidos gallegos”: "todo depende de la óptica con la que se mire”. Lo de gallego venía por el depende. Lo de la óptica, sé que en ocasiones ni con ésto vale para curar dioptrías. Lo sé. – Ele deja a un lado la interpretación obvia de la frase y continúa, por Dios -. 

 

En mi caso, y por más vueltas que le daba al asunto y por más silencios que realizara, era incapaz de enfocarlo desde el punto de vista médico. Que no!! Quizá sea porque me aterren las batas blancas – salvo si la usa un carnicero, lechero o similar (profesiones inofensivas donde las haya)– o porque de haber decidido estudiar medicina habría conseguido la incapacidad para terminarla. Imposible para mí ese enfoque. Jamás de los jamases. 

 

Para mí el debate se centraba en una cuestión de ética. Pero ética pura y dura. Considero que no había otro papel posible a desempeñar por parte de España como país y por ende por sus dirigentes, que el que se ha llevado a cabo hace un par de semanas. No veo que sea una cuestión de medicina, sino más bien un asunto de humanidad. 

 

Podemos obviar si queréis que la persona española afectada era sacerdote. También os ofrezco olvidarnos de que “ese tal Miguel Pajares” estaba haciendo una labor humanitaria en el pleno campo de batalla. No lo haría en ninguno de los dos casos, pero si queréis, lo obviamos.

 

Os compro la idea de que sabía a lo que se exponía y seguramente conocía el riesgo latente de dedicar su vida a los demás en países donde las condiciones de salubridad y de higiene son inexistentes.

También acepto - sería absurdo no hacerlo - que en caso de contagio, el efecto sería demoledor y aterrador. Que se me perdone el uso del condicional cuando debería emplear el presente "el efecto es demoledor" en caso de capaz de mirar más allá de mi ombligo “desarrollado”. 

 

Tras pagar el copy-right y las ideas que os exponía en el párrafo anterior, qué mundo es ese que queremos en el que si un ciudadano reclama la ayuda de sus dirigentes, recibe la callada como respuesta. A quién se le ocurre convertir un problema de gente malnacida - geográficamente hablando -, en algo que nos afecte a nosotros, "tan superiores", que podemos  mirar - y retirar la mirada - que apunta hacia esa gente "tan pequeña" por una pura cuestión de suerte. 

 

Me diréis que es sencillo escribir este batiburrillo de ideas sin tener responsabilidad ninguna a la hora de tomar decisiones y lo que es peor, haciéndolo desde la ignorancia sobre el tema que algunos consideran como eje central en este debate.

 

Lo sé y os entiendo.  Es aquí cuando venían mis silencios.

 

¿Pero sabéis lo que me pasaba? Que al instante volvía al punto de retorno. Ese origen en el que me encontraba con muchísima gente “desarrollada – o al menos sus cerebros” para evaluar, valorar y asumir la situación (y sus consecuencias) que se estaba planteando, en base a un conocimiento profundo de los protocolos y condicionantes médicos que harían viable una repatriación tan compleja como ésta.

 

Lamentablemente, el final de Miguel Pajares fue el que todos – los que estaban a mi lado y enfrente en el debate – conveníamos que era lo más probable que sucediera. Fue una lástima. Pero encabezamientos como el que traigo a colación, por obra y gracia de El Mundo, podrían darme un resquicio de razón.

 

Pienso que hicimos – o hicieron – bien en intentarlo y estoy convencida de que aquellos cuyo papel no fue sólo escribir y debatir, sino tomar decisiones, podrán tener su conciencia más tranquila en lo que a su actuación en este tema respecta.

 

Hay veces en el que el “y si…” merece la pena. Y creo que este caso era uno de ellos. Me corrijo, mejor dicho, era uno de nosotros. 

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dom

08

jun

2014

Los amigos de Al Gore

Ha sido éste un mes de mayo de los de antes. Durante 12 años, Al Gore y sus acólitos se frotaban las manos al ver que sus catastrofistas proclamas acerca del cambio climático, comenzaban a dar frutos y conseguían reunir en torno a su mensaje a un grupo amplio de seguidores a lo largo y ancho del Globo Terráqueo. Año tras año comprobábamos aquellos que íbamos haciendo nuestra su tesis, que el mes que otrora suponía el anticipo del verano, se había convertido en un tiempo antipático y sombrío, el mes de los enemigos del Bien con mayúsculas, en definitiva, el mes del Barça.

 

Como no hay mal que cien años dure, ni cuerpo Pérez Delfa que lo aguante, por fin terminaron el frío y las sombras y volvieron esplendorosas las flores y la bendita primavera. Al menos eso es lo que me han contado, porque aquí la que escribe, se ha pasado medio mes de mayo vagando por otros lares. Cirros y cirrocúmulos - esto lo he buscado para no meter la pata - han sido mis aposentos durante algo más de dos semanas. Las nubes, mi reino.

 

Como es difícil vivir del aire, aunque una se encuentre en las mismísimas alturas, ha llegado el momento de volver a producir y darle vida a mi tribuna, por lo que planto los pies en el suelo y las manos en el teclado para narraros con palabras  - si es que esto es posible - lo que supuso la llegada de la primavera aquel sábado de gloria en Lisboa.

 

En las horas previas, - por no decir un mes y quedar deslegitimada por exageración -, mi cabeza bullía como una olla express – digo NO al chiste fácil - imaginando lo que estaría por venir. 28 años de existencia, desde el minuto 0 de la misma, esperando poder vivir en directo una final de la Champions, torneo por excelencia para todo el madridismo, con las mocitas madrileñas a la cabeza del pelotón.

 

Cuál era el motivo del viaje, lo tenía claro. ¿El destino? Cuentan que fue Lisboa pero no puedo asegurarlo. Tras recorrer la península entera en el Tren de la Fresa – eso sí, fresa blanca por cortesía de Renfe -, llegamos al que decían era nuestro destino tras departir durante más de 8 horas  - Willy Fog recorrió el mundo en menos horas - con un simpático caballero poseedor del carnet de socio número 92, así como con varios varones que quisieron retratarse hasta en un par de ocasiones con esas gemelas conocedoras de tantos datos sobre el Madrid como la enciclopedia Encarta y ataviadas con más merchandising que el disponible en la mismísima tienda del Bernabéu.

 

Saltamos a la carrera de aquel tren más lento que el coche de los Picapiedra, como si temiéramos que el partido diera comienzo sin nosotras. Tras la pertinente despedida del autobús en el hotel – estoy arriesgándolo todo a que los que lean estas líneas me desacrediten intelectualmente para siempre – pusimos nuestra vida en peligro por primera vez tras montarnos en un taxi con dos brasileños desconocidos que únicamente balbuceaban “Real Real” – cómo iban a decir otra cosa viendo con quiénes compartían automóvil – mientras le imperábamos al taxista “a Da Luz, rapidinho, rapidinho” en un intento por transmitirle que aquello era una cuestión de vida o muerte.

 

El honrado lisboeta captó el mensaje al vuelo y la consiguiente amenaza – si nos timas, kaputt - y nos dejó en el arcén de una autopista que debíamos atravesar a pie para llegar al campo. El riesgo de perder la vida subyace en la siguiente situación: el taxista compinchado con los dos brasileiros con los que comparte algo más que la lengua de Pessoa, se produce el atropello de las dos pánfilas venidas desde Madrid al atravesar una M30 a pie, con el consiguiente robo de las entradas - divino tesoro - y su posterior (re)venta al módico precio de 5.000 euros cada una. Os aseguro que éste podría haber sido perfectamente resumen de los pensamientos de mi madre. Y sin imaginar mucho.

 

Tras semejante trajín de viaje, accedíamos al campo y todo transcurría según lo previsto. Nervios a flor de piel, gritos de un lado replicados automáticamente desde el otro fondo, lesión de Diego Costa a la primera carrera, hasta el momento en el que Casillas reclamó la atención para sí mismo haciendo un Zubizarreta, y la cara de Al Gore se me presentó delante, como si de las apariciones de El Escorial se tratara. “Te lo advertí, se acabó la primavera”, parecía querer decirme.

 

Sólo los gritos de “Sí se puede” y el inmediato recuerdo de aquella casi remontada contra el Borussia del año pasado, me sacaron de mi ensimismamiento y me devolvieron al sitio en el que estaba teniendo lugar el crimen para pensar que aún era posible. Del momento del gol de Ramos poco puedo narraros más que ví a mi hermana volando en brazos de un holandés que había venido solo desde la tierra de los tulipanes, y mi pensamiento – único – de que hasta aquí había llegado. Adiós mundo cruel, mi vida en la Tierra ha concluido.

 

Creo recordar también que el señor que se encontraba a mi derecha ni se inmutó. Antes de que empezara la batalla me confesó, en una conversación de ascensor, que estaba lleno de miedos. Yo le dije que le entendía, “estamos juntos en esto, amigo”, pero le desmentí inmediatamente cuando me enteré que su temor tenía otro origen. Era vértigo lo que sentía el susodicho, y yo unas ganas irrefrenables de abofetearle a mano abierta por desconsiderado con todos aquellos que se habían quedado al otro lado de la frontera (portuguesa) y mandarle directo de un guantazo a la Luna para que supiera lo que significaba sufrir un "mal de altura".

 

Al cabo de aproximadamente 10 minutos conseguí dejar de llorar – si aún no me habíais catalogado como loca sin remedio, ahora tenéis de nuevo la oportunidad de hacerlo –y pude ver como el sueño de todos aquellos meses de mayo en la sombra se tornaba en realidad. Frotaba y frotaba mis ojos para que la llantina y la miopía me permitieran ver con nitidez cómo el equipo de mis amores levantaba la Orejona por décima vez. Ya no sé si era sábado o domingo o si estábamos en Lisboa o en la Cochibamba. Me daba lo mismo, ya sólo sabía decir: "por fín".

 

Tras este cúmulo (creo que éste también es un tipo de nube, en la undécima os lo confirmo) de emociones, mi conclusión es clara. Sé que he perdido a lo largo de este artículo cualquier atisbo de credibilidad, pero si habéis llegado hasta aquí, os merecéis una última idea.

 

Creo que la mejor forma de vivir es así. Ni mucho menos estoy insinuando que siendo madridista (que también, J). Me refería a algo mucho más importante. A ser capaz de vivir intensamente, de disfrutar, de emocionarse, de sufrir, de levantarse después de una, dos o doce derrotas consecutivas, de librarse de aquellas apariciones que sólo te anuncian que los cambios son para mal, “búscate otro aliado, maldito americano”. Sin riesgo de que el vértigo nos convierta en inmutables.

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mar

06

may

2014

El nuevo deporte nacional

Sé que no me esperabais (en el hipotético caso de que alguien lo hiciera) hasta dentro de un par de semanas. Llegaría atropelladamente acompañada de diversas excusas para justificar ante vosotros el abandono de mis responsabilidades. Que sí el puente del 1 y 2 de mayo, que sí San Isidro Labrador, que por fín ha llegado la primavera a los Madriles, en fin, lo que ya sabéis, un mar de lamentos.

 

El hecho que me trae hasta aquí es una denuncia. Con las 8 letras. Andaba yo anoche escuchando a Alsina introducir para sus contertulios las noticias del día cuando me sobrevino una reflexión. Mejor dicho, dos.

 

La primera fue dar gracias a la Divina Providencia por que el debate no comenzara por hacer cuentas y apuestas sobre quién levantaría el título de campeón de Liga. Quince días así me llevarían directamente a un hospital psiquiátrico. Y con Lisboa y su Champions al final del túnel. Siendo optimista tres meses de baja y eso en caso de final (finales) de blanco inmaculado. Eso sí que sería una ausencia justificada y justificable por mi parte.

 

La segunda de ellas me llevó directamente a mi clase en el Loreto. Me imaginé como tantas veces – siempre fui un poco bastante empollona - con la mano levantada para pedir la vez y la voz. A pesar de todas las cosas que tenía yo que aportar al debate, inesperadamente no se me concedió el turno de palabra. Es más, me ignoraron dejándome a solas con mi discurso. Ahora éramos tres, mi reflexión, el feo (que me hizo) de Alsina y yo.

 

Para paliar semejante injusticia, tomo la palabra desde aquí, que para eso aunque valga poco, soy yo la dueña de este chiringo. El tema que lanzaba como anzuelo el moderador era una idea recurrente de estos años grises. No es que quisiera ofrecer al oyente la repetición de programas pasados, un “grandes éxitos” adelantado con respecto al que se prepara cada fin de año. Se trataba de una noticia de ayer mismo, en la que únicamente variaban los escenarios y los protagonistas del reparto.

 

En estos años que antes dije grises para no decir de crisis – aburrida está una ya de tanta negatividad -, se ha puesto de moda en España un nuevo deporte nacional. No es el del trinque, vieja práctica en estos y otros lares (repito, también en otros) desde tiempo inmemorial.

El deporte del que os hablo y que quizá os suene – a la fuerza debería hacerlo - es el de levantamiento de alfombras. Más ligeras que los troncos propios de los de los “ocho apellidos” pero igual de impactante para el espectador. No es que nos hayamos vuelto todos persas, ni tampoco que busquemos protagonizar una secuela de Aladín.

 

El impacto viene, puesto que al despejar el suelo bajo la alfombra, nos encontramos con un ejército de nombres y de rostros, nótese el sentido literal y figurado del término, que causan un doble efecto sobre el espectador. Sorpresa y sonrojo a partes iguales. ¡No es posible!, parecen exclamar desde uno de los asientos. ¡Ese de ahí siempre saludaba! se inquietan desde otra de las butacas. ¡Aquél, era un fijo en esto, su cara (dura) anticipaba su traición!, señala una señora permitiéndose el exceso del dedo acusador.

 

En mi caso, el efecto es triple. Además de la sorpresa y la vergüenza, albergo un sentimiento de seguridad. Creo que esto es lo mejor que nos podía pasar. Y no miento, como otros en Valencia el domingo pasado. Para mí, esto no es más que un paso hacia delante. Qué digo uno, si puedo decir un millón. Los mayores del lugar me reprocharán que esta seguridad es causa directa de mi inocencia. Os lo compro, pero me lo voy a permitir. Soy la “sheriff” de esto, ya os lo dije.

 

Creo que este “nuevo” deporte que nos están anunciando día tras día en los medios de comunicación, habría debido ir de la mano de la naturaleza humana desde el principio de los principios. Me concedo ahora la licencia a jugar a ser mi padre. Siempre trata de ponerse en el argumento contrario – atento Martínez - Lázaro, que en Galicia también hay peli –. Si todo el mundo dice “ése trinca” y apunta con su pulgar al suelo, yo me planteo que quizá, si nosotros nos encontráramos en la tesitura de formar parte del ejército de rostros que mencionaba, probablemente también acabaríamos alistados. En la carrera me enseñaron que para que algo se pueda generalizar, la muestra debe ser amplia y variada. Y en este caso lo es.

 

Ahora bien, para que este deporte no acabe calando en nuestro modus vivendi como antes lo hicieron otros, lo más importante es que los espectadores vean las consecuencias. Perdonadme, los de las butacas no. Serán los protagonistas del juego los que deben sentir que se vive menos acalorado y con la conciencia bastante más tranquila teniendo los dos pies encima de la alfombra. Que recuerden a sus madres diciéndoles – porque seguro que lo hacían, todas las madres lo hacen –el archi-repetido “no porque todos lo hagan, tú también tienes que hacerlo”. A esto exactamente es a lo que se estaban refiriendo entonces.

 

Tras este rato de desahogo, puedo recuperar mi asiento en el pupitre del Loreto y os doy las gracias por permitidme con vuestra lectura, liberar el discurso que bullía en mi cabeza desde anoche.

 

Comprenderéis que en estos días de mayo, tengo la mente revuelta e histérica ante lo que se avecina y no es cuestión de saturarse. Que Dios concentre la suerte, o la reparta, como me respondería mi santo padre.

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dom

20

abr

2014

La dirección correcta

Se nos escapa la Semana Santa con las últimas horas del Domingo de Resurrección, y con ellas, se produce un último milagro. Vuelve a la vida “desdemitribuna” tras un tiempo en el olvido por falta de atención de su responsable, esto es, yo misma. Ya sabéis, los archiconocidos apuros laborales previos a cualquier periodo vacacional, y dicho periodo en sí mismo, que distraen al más “pintao”. Me temo que no os valdrán las excusas. A los seguidores del Barça tampoco, ellos os sabrán comprender. Y yo también, por supuesto, aunque del Barça ni gota.

 

Retorno como el ave fénix y os propongo una frase que rescaté del tocho-libro protagonista de la anterior entrada del blog. Dice algo así como “la vida castiga a quién la pospone”. Me guardo para mí el autor de dichas palabras, puesto que si os lo confesara, sé con seguridad que más de la mitad de los que me leéis me pondríais de friki (tal cual) para arriba. A la otra mitad os bastará con consultarlo en el “todo-lo-sabe” Google para encontrar el nombre y apellidos del fenómeno en cuestión. A éstos últimos, perdonadme que os haga de menos, pero no es plato de buen gusto recibir insultos y menos aún gratuitos. En este punto nos encontramos.

 

Os preguntaréis porqué vengo tarde y mal y encima con una frase “anónima”. El motivo es que tuve que leerla dos veces –“frena Elena, aquí hay tomate” y quiero compartir con vosotros las reflexiones que extraje entre pasada y pasada de la vista, de izquierda a derecha (bis) de la página.

 

Sí puedo revelaros el contexto en el que se produjo la frase. Era un momento de la Historia en el que no cabían más “laissez-faire”. Un punto en el que se exigía tomar decisiones sin dilación alguna.

 

He aquí el quid de la cuestión. Extrapolé ese momento puntual al día a día de cada uno de nosotros, a las veces en las que nos encontramos en la tesitura de tener que decidir, y lo complicado que resulta saber cuál es la dirección correcta.

 

De pequeña me imaginé tantas veces delante de las tres puertas del programa “Trato hecho”, sí, ese que dirigía con maestría, como lo leéis, con maestría Bertín Osborne, y eligiendo la que ocultaba tras de sí el paquete de azúcar en vez del coche último modelo, que creo que tengo un pequeño trauma infantil con este tema.

Con los años descubrí que no era Bertín el inventor de esta paradoja, sino que se basaba en pura probabilidad – el problema de Monty-Hall le llaman los académicos. Quizá sea esto lo que me ocasionó el trauma, y no el azúcar.

 

Tras haber perdido cualquier resquicio de dignidad con los párrafos anteriores, aquellos que permanezcáis fieles a la lectura del blog – hermana, al menos cuento contigo puesto que lo veías a mi vera – os aclaro que realmente se trata de un ruego desesperado por que alguien nos indique en determinados momentos qué caminos están exentos de terminar estrellados. Nacer con estrella o con tendencia a estrellarse, lo odio.

Mientras ese “alguien” aparece, os doy mi receta, que me sirve a su vez como píldora de auto-convencimiento en estas situaciones. Desde ya os aclaro que no se trata del secreto de la masa de Telepizza, ni responde a una corriente filosófica más que la encabezada por mí misma. Pero a mí me vale.

Considero que mientras que las decisiones se tomen en conciencia, tras haber valorado “pros” y “contras”, y teniendo claro que lo que vale es el momento en el que se exige tomarlas y no dos meses después, uno debe estar sereno.

 

Es facilíiiisimo (como nos decía el piano del anuncio) que a posteriori surjan lamentaciones del tipo “quién me mandaría a mí” o autoproclamas – “soy imbatible en la toma de decisiones” -, pero lo que se debe tener presente es que a la espera de que “ese alguien” nos muestre como en las pelis “cómo habría sido si…”, es impredecible conocer qué habría pasado en el camino b) y mucho menos en el c) y que lo que hay que hacer es seguir recto atentos en todo momento a la siguiente bifurcación.

 

Traduciendo a la terminología futbolística – soy fan del todo, ya lo sabéis - “sólo falla un penalti el que lo tira”, y es tremendamente cierto. Mil veces prefiero tirarlo (aunque sea a la luna haciendo "un Ramos") que dejar la responsabilidad en manos de otro.

Creo que antes o después la vida premia a aquellos que lo intentan, que eligen, que deciden, aún a riesgo de equivocarse mil veces. Es decir, que alguna vez la puerta descubrirá el coche de lujo, aunque mientras tanto se esté en condiciones de que la Azucarera patrocine tu despensa. 

 

Es obvio, lo sé, pero no por ello debemos olvidarlo.

 

Tras haber cumplido mi promesa con el personaje “ya-no-anónimo”, me despido, no sin antes dejaros un último mensaje.

Si vuestra decisión fue llegar hasta aquí en la lectura del post, considero que es justo que recibáis vuestro premio. “La vida castiga al que la pospone” os decía antes. Os propongo que sigamos su recomendación. La de Mijail Gorbachov. Fin de la cita.

 

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lun

17

mar

2014

Resistiré

Un mes después reaparezco por estos lares al abrazo de mis fans. En realidad fans, lo que son exactamente fans, pocos, pero esta semana un anónimo me dejó un mensaje “actualiza ya Elena, por tu madre”, y he venido a cumplir con sus deseos. O sus amenazas veladas. Sea cual sea su nombre, una se debe a su público, o más propiamente en este caso, a sus lectores.

 

De lectores vengo a hablaros, en concreto de sus hábitos. La semana pasada me crispé. Yo que soy cerilla de encendido fácil, leí un artículo de un periodista a cuya columna acudo puntual cada mañana, en el que proclamaba su rendición. “Hasta aquí he llegado”, parecía decir. Se unía a la moda de la “tecnología para todo” como quien pertenece a la Iglesia Maradoniana o se hace socio del Club Carrefour. Comentaba en su artículo que abandonaba el papel y pasaba a ser uno más de aquellos que predican a bombo y platillo las bondades del libro electrónico. Que vosotros también? Lo sé, cada vez somos menos los que resistimos. Por aquí sí que no pasarán.

 

Puedo tener mil defectos. La ceguera galopante, el altavoz sin filtro o el volumen capilar infinito, los conocéis, no me importa. No tengo interés en ocultarlos y es que además aunque quisiera, no podría. Pero de lo que nadie jamás me podrá acusar es de ser una persona que se cambia fácilmente de chaqueta. Entended esto, please, en el sentido figurado de la frase. Crecí con el recuerdo de mi madre acusando de “chaquetero” a mi abuelo, hombre noble donde los hubiera, con el único defecto de que al dictado de la clasificación liguera, abrazaba el madridismo o se declaraba seguidor acérrimo “de los de toda la vida” del equipo de la ribera del Manzanares.

 

A mi aquello jamás me convenció. En ocasiones es cierto que es complicado seguir fiel a unos principios. A mí también me pasa, y en estos días más que nunca. Cargo con la pesada losa de un libro de Tony Judt de 1.200 páginas sobre la Postguerra. Todo ventajas. Que no las veis? Pues no lo entiendo. Mis bíceps, un portento. Que un amigo de lo ajeno se encapricha de mi cartera, mi libro hace lo propio con alguna parte de su cuerpo. Que entro en un vagón de metro con mi pesada carga al brazo, uno de mis compañeros de viaje diario me cede gustoso su asiento. Como si fuéramos dos, mi ladrillo y yo.

 

Seguramente diréis, esta mujer vive en una contradicción constante. Es ingeniera y le gusta escribir. De no haber tenido que trabajar después, en su curriculum figuraría la Facultad de Historia de la Universidad Complutense. Prefiere el libro de papel a la pantalla de retina no sé qué. Vaya tia rara. Pues sí, así vivo y así soy.

 

Es más, de mayor quisiera tener una biblioteca extensísima. Seguir cotilleando qué libro lee el vecino del asiento de al lado. Y el de enfrente. Me gustaría seguir yendo a la Feria del Libro con mi lista de autores por caseta. Que me aborden los del Círculo de Lectores en el Retiro y termine confesándoles hasta el número de pie que calzo. Ir a la Casa del Libro para elegir un regalo y salir auto-regalada. Empezar un enero tras otro la cuenta de los libros que llevo leídos ese año, sin que llegue a febrero con la lista actualizada.

 

Son costumbres que no estoy dispuesta a perder y que hacen que no cambie de chaqueta ante la moda que viene. Como jamás, por muy arriba que esté, podría hacerme en esta vida del Atleti. Eso sí que no, abuelo.

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mar

11

feb

2014

La calle volverá a ser nuestra

Volvía a mi tribuna con ganas de comentar con vosotros alguno de los temas candentes de la actualidad.

 

Mi primera opción era hablaros del batacazo de los emergentes en el pasado mes de enero. Tema serio y que salvo contadas excepciones, me permitiría dejaros boquiabiertos. Por los bostezos y porque mi ignorancia quedaría de manifiesto tras el primer párrafo. Como si fuera capaz de escribir algo más. Y todo ello para una persona que podría estar una semana hablando sola sin despeinarse -en términos de esfuerzo-, por lo que no me resultaría grato devolveros únicamente un par de líneas. Concretitud, qué concepto más complejo. No me valía.

 

La segunda posibilidad que barajaba era disculparme ante vosotros por el episodio digno del mismísimo Japón que vivisteis el pasado domingo. Desde ya os digo que el epicentro de la vibración sísmica que notasteis bajo vuestros pies fue mi casa. Sí sí, como lo leéis, MI-CA-SA. Pero no busquéis en mí a la culpable, y tampoco miréis a mi hermana. La responsabilidad del temblor fue de Sergio Llull y su canasta en la última décima de segundo de la finalísima de la Copa del Rey de baloncesto. Las Pérez somos así, además de frikis, voceras.

 

Convengo con vosotros que de haber elegido esta opción, sí podría haberme extendido más. Mucho más. En cambio, el riesgo de incurrir en el pago de indemnizaciones por rotura de cristales y demás habría sido enorme y no está el bolsillo precisamente para derroches.

 

A la tercera va la vencida. Como dicen en las tertulias de la radio, “la actualidad manda”. Considero que las situaciones límite requieren de personalidades fuertes para encontrar soluciones. Y es eso precisamente lo que he venido yo a hacer aquí. No es que yo sea muy fuerte -sólo hace falta verme-, y ni siquiera puede decirse que posea una personalidad irrefrenable, pero alguien tenía que tomar el mando de las operaciones, y yo lo voy a intentar. Por el bien de todos.

 

Denuncia va: ¡¡NO TE QUEREMOS AQUÍ!!

 

No nos vale que sea tu momento. Tampoco que seas buena para el campo, ni que pongas rojos los tomates. En absoluto nos sirve que contribuyas a acabar con la boina que se pone sobre nuestras cabezas y que dicen los entendidos es nuestra atmósfera. 

Tras acabar en su día con las intenciones expansionistas del Tercer Reich, el General Invierno ha fijado su punto de mira en nuestra querida España. Le entiendo, tenemos mucho y muy bueno que ofrecerle. Soy consciente de que la mejor manera de conquistar, es directamente avasallar. Y eso es precisamente lo que nos está sucediendo.

 

En los noticieros informan que su avance es implacable. La lluvia se ha introducido de tal forma entre nosotros, que ha modificado el “modus vivendi” de gran parte de los habitantes de la Península (en Canarias ni se enteran). Su efecto es tal que hasta el hombre del tiempo se hace llamar "El Borrascas". En la cornisa cantábrica se han puesto de moda los desplazamientos a nado. En Galicia, el Camino de Santiago es ahora la calle número uno de una piscina olímpica. Y en Madrid, directamente no estamos preparados. No se conoce, al menos no en mi casa, dónde se venden paraguas resistentes a la ciclogénesis. Tampoco sabemos a qué se referirán aquellos que denominan “zapatos de lluvia” a quién sabe qué tipo de calzado. Los coches de la capital se manifiestan en la M30 cada mañana reivindicando que ellos también son de secano. No nos gusta el encrespamiento, ni hacer el ridículo con el paraguas del revés en plena calle Goya. 

 

Te ruego nos devuelvas nuestro cielo azul y nuestro sol. Olvídate de aguarnos el carácter. Tras tu marcha, reabriremos las puertas del Retiro. Recuperaremos nuestras mil terrazas, nuestros mil museos.

 

La calle que ahora ocupas volverá a ser nuestra, tendrás que irte por donde has venido. Esta historia ya ocurrió otras veces, con nosotros no podrás. Hubo otros que lo intentaron y en Elba terminaron.

 

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mié

08

ene

2014

Una historia extraordinaria en Navidad

Vengo a contaros un hecho extraordinario que me ha sucedido estas Navidades. Extraordinario por único en la Historia de la Existencia, desde Adán y Eva. Y la manzana, con la que comenzó todo esto que vemos.

 

Os sitúo. Existe en casa de mis abuelos en Vigo una habitación donde el tiempo se detiene. Es atravesar el umbral de esa puerta y pierdes automáticamente la noción del tiempo y el espacio. En ese mundo excepcional, los relojes siempre marcan las 11 de la mañana del día siguiente. Es inevitable. Puede que no sea tu intención. Puede. Quizá únicamente pretendías abrir la ventana que da a la calle o pasar a coger el libro que dejaste en la mesilla el día anterior. Esa, era, tu primera voluntad. Irremediablemente quedarás sumido en un sueño profundo de al menos 12 horas. Tal es el poder de esas cuatro paredes. Os reto a comprobarlo cuando queráis.

 

El caso. Me hallaba yo en la habitación del sueño un día cualquiera de estas navidades, cuando me sobrevino el insomnio. Como lo oís. El insomnio. Hay gente a la que le da por contabilizar rebaños. Una, como ingeniera que es, perdió la capacidad para sumar desde el momento primero de mi aventura universitaria. Fue poner el pie derecho en la Escuela de Teleco cuando la calculadora se convirtió automáticamente en el 6º dedo de mi mano izquierda. Sumar ovejas no era una opción.

 

Opté entonces por debatir internamente cuál era mi ciudad favorita de Europa. Suena raro, pero es lo que hice. Recordad que se trataba de una situación tremendamente extraña para mí. Despierta en la habitación del sueño. Lo que en sí mismo supone una contradicción. Os cuento las conclusiones de mi acalorada discusión interna.

 

En primer lugar me fui a Roma. Es la última de las grandes ciudades de Europa que he visitado. Y probablemente sea mi favorita. Me parece fascinante. La ciudad en sí es un monumento. Te encuentras con restos arquitectónicos de hace más de 2.000 años como quien se topa con locales “Compro Oro” en cualquier ciudad española. Por todo Roma. Cómo lo harían. Quién podría haber vivido el auge de esa civilización. Dicen en la prensa que Italia está en crisis. Y yo digo que en crisis estarán sus políticos, o sus bancos. Creo que jamás un país con el patrimonio artístico, cultural e histórico de Italia, puede estar en otra situación que no sea en irremediable esplendor. Es imposible. Además, se come bien y a poco que fuerces tu acento italiano, se te entiende sin problemas. La leche, cuando estás fuera de casa. 

 

Abandoné a los ex - amigos de Berlusconi, y me trasladé mentalmente a Berlín. Sí, Berlín. Esa ciudad cuya visita casi me cuesta una cirugía maxilofacial. 5 días con la mandíbula desencajada conociendo de primera mano los sitios donde se fraguó prácticamente toda la historia del siglo XX. Y yo estaba allí por fin. Convengo con vosotros que no es ni de lejos la ciudad más bonita de Europa. Vale. Y que los alemanes tampoco son las personas más agradables del mundo. Y qué. Recorrer sus avenidas para una friki de la historia como yo suponía una emoción indescriptible. Figuraos, “esos edificios que veis allí (y yo los estaba viendo!!) eran los que empleaban como escaparate en Berlín Este para hacer ver que a ese lado del Muro “no se vivía tan mal””. Resulta que los edificios que señalaba la guía con el dedo eran estrepitosamente feos, pero mi mandíbula estaba a lo suyo. Desencajada. Lo que más me costaba asimilar es que esa ciudad se había reconstruido de las ruinas a las que le habían llevado sus propios conciudadanos en aproximadamente 20 años, y que los acontecimientos que se describen 1 de cada 3 libros que me leo sucedieron en las calles donde me encontraba.

Os recomiendo que si visitáis Berlín, os acerquéis a Dresde, que sí es una ciudad bonita  y alegra la vista por la preciosidad de sus edificios. Sin necesidad de tener que pasar por el quirófano después, un chollo.

Sitúo por tanto a la capital alemana como la segunda en el ranking, lo que ya es en sí mismo un gusto. No es la revancha lo que me motiva, pero mentiría si no os dijera que me alegra verles como “mis segundones”, a ellos que están tan acostumbrados a ver a los demás desde arriba. Y a ganar siempre en el fútbol. Se acabó lo que se daba, Señorita Rottenmeier.

 

Como medalla de bronce, Londres. Desde siempre he pensado que si por algún quiebro del destino mi futuro no se encontrase en Madrid, y me dieran la opción de elegir una ciudad en Europa donde vivir, ésa sería Londres. Sé que es una afirmación arriesgada habiendo visitado la ciudad únicamente 3 veces. Una ciudad de semejante tamaño y con tal oferta para el turista. Como arriesgado es que con sus nubes y su lluvia, mi pelo me convirtiera automáticamente en la candidata más firme para sustituir a Michael al frente de los Jackson Five. Lo sé. Un problemón. Pero la sensación con la que volví de Londres en cada visita fue la misma. Sería ésta si me viera obligada a elegir una residencia distinta a Madrid.

 

No puedo olvidarme de París, en mi opinión, la ciudad más bonita de Europa. La más bonita, seguro. Aquí no admito el debate. Pero yo que soy muy de sensaciones, me quedo con el podio de las tres primeras que os he comentado. Vengaré con este cuarto puesto los tomates estropeados tras volcar nuestros camiones. Y los pitos a Rafa Nadal en cada Roland Garros. La medalla de chocolate para vosotros, vecinos. Por desconsiderados.

 

Éste es el resultado de mis cavilaciones. Fueron varias horas de debate interno, tantas como duró mi insomnio en aquella noche extraordinaria de Navidad.

 

Ahora me gustaría invitaros a que me contéis cuál es vuestro rincón favorito del viejo continente. Mi padre me dice a menudo que me encanta discutir. No es por llevarle la contraria (y por tanto indirectamente darle la razón) pero es que creo que está equivocado. Al hacer esa afirmación está obviando que mientras mi gemela asombraba a todos con su cabezón y sus nutrientes hiper desarrollados en la incubadora, a mí me instalaron en mi no-más-pequeña cabeza, unos altavoces Dolby Surround que ríanse los de Apple. Por tanto no es discutir, sino debatir en voz bastante alta lo que a mí me gusta. Contadme y os replicaré.

 

Permitidme un breve apunte. El ámbito del debate son ciudades europeas. Madrid por tanto queda fuera del concurso. ¿Cómo así? Pues sí. Será en otro foro donde discutiremos sobre aquellas ciudades categorizadas por su universalidad. J.

 

PD: Perdonad mi falta de educación. Lo último, aunque debería haber sido lo primero de todo, feliz año nuevo!!

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lun

02

dic

2013

Nada nuevo bajo el sol

Esto ya lo he vivido. Y vosotros también. Como si de un déjà vu se tratara, volvemos una y otra vez al punto de salida. Cada cuatro años, ocho en el mejor de los casos. Era exactamente esto a lo que se referían cuando nos explicaban en el colegio el significado de “denominador común”. Lo común es encontrarnos en el kilómetro 0. Volver a empezar.

 

Independientemente de quién resulte elegido en las urnas, asistimos de forma recurrente a un ejercicio de “borrón y cuenta nueva”. Todo lo llevado a cabo en los cuatro/ocho años anteriores se envía sin remilgos a la papelera de reciclaje y se desarrolla un nuevo plan, el nuestro, mucho más acertado que el de “ellos”, dónde va a parar.

 

En mi opinión esto es un auténtico disparate. La foto perfecta del estado en el que se encuentra nuestra clase política. El enfoque es claro. Nada de lo que se hizo fue válido. Nosotros en cambio sabemos la fórmula del éxito. Y venimos a aplicarla.

 

Por qué digo disparate. Os lo justifico. Como os comentaba, creo que el planteamiento es claro. Pero la distorsión es en mi opinión, cristalina. Considero que en alguna parte de la lista de prioridades de la clase política se encuentra olvidada la que debería ser madre de todas las obligaciones, que no es otra que ejercer con responsabilidad el servicio al ciudadano.

 

Con responsabilidad. Se dice y se escribe fácil. Sin embargo, a la vista de los resultados, no debe ser tan sencillo ponerlo en práctica. Ideológicamente hablando, asumo que es difícil que haya puntos de partida comunes en determinados aspectos. Lo acepto y lo entiendo. Son esos detalles los que precisamente nos deberían hacer elegir una u otra opción en las urnas.

 

En cambio, basándome en la idea de que, por poner un ejemplo, en mi caso, antes de ingeniera soy persona, y considerando que esa conclusión es extensible a cualquier ciudadano, y por ende incluso a los políticos, entiendo que deberían existir unas premisas compartidas por todos. Por derecha e izquierda, por catalanes y madrileños. Por el mero hecho de ser personas y de tener a diferencia de los animales, capacidad para razonar.

 

Todo esto surge a raíz de la aprobación la semana pasada del enésimo plan de educación. Creo que es el caso más claro del despiporre en el que se ha convertido desde hace muchos años, el día a día de nuestra política. Independientemente de quién se encuentre en el Gobierno o de si hablamos a nivel estatal o autonómico.

 

No es lógico bajo ningún punto de vista ni a la luz de ninguna ideología, que cada cuatro años se presenten planes de educación diferentes, que tardan en instaurarse casi una legislatura por lo que en el peor de los casos ni siquiera da tiempo a que se finalice su implantación completa.

 

Debe ser que es más sencillo ver los toros desde la barrera. Seguro. Estoy convencida en cambio de que no debe ser tan difícil fijar unos criterios asumidos por todos sobre con cuántos suspensos se repite curso o cuántas horas están destinadas al idioma co-oficial en aquellas Comunidades Autónomas en las que aplique. Lo achaco a que tal vez desde la arena se pierda la perspectiva. La foto de la que antes os hablaba. Se distorsiona el objetivo y aparece como único fin retratarse una y otra vez como los inventores de la fórmula de la Coca - Cola.

 

La paradoja de esto es que los ciudadanos sí estamos encontrando aquello que la clase política parece querer evitar. Un punto de partida común. Aquel en el que el descrédito prima por encima de cualquier convicción. Nos están invitando a ello constantemente. Yo en cambio, cabezota y cabezona como soy, me niego a caer en eso.

 

Yo sí creo y tengo la seguridad de que las cosas irán a mejor, siempre y cuando alguien proceda a crear un nuevo Ministerio. El Ministerio del Sentido Común.

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mar

05

nov

2013

My pleasure

Lo que más me gusta del mundo. Mi perdición. Una nueva entrada en el blog para hablaros de mi gran pasión. Es el Madrid sí. Y la Alemania protagonista de todo el siglo XX, también. En cambio, hoy me apetece hablaros de la tercera.

 

Os cuento. Este fin de semana he estado en Logroño y Vitoria. Tras el viaje, venía pensando en algo que creo todos sabemos pero que quiero recordar. Lo diré de una vez y en voz bien alta – como si en mi caso fuera posible hacerlo a un volumen diferente -. Un hurra por los bares de España. Así de simple. ¡Hurra!. O por sus restaurantes, en versión finolis. La crisis en nuestro país jamás se instalará en la mesa. Es imposible. Con la calidad de nuestros productos y la variedad y número de sitios buenos de los que disponemos, nuestro éxito está asegurado para siempre. Hacemos bien en proclamarlo como una de nuestras virtudes. Ya se encargan otros de remarcar nuestros defectos y si las cosas nos van mal en otros ámbitos, siempre podremos consolarnos con nuestra maravillosa cocina. Claro que sí, la Marca España también es esto. Que se entere "la Merkel" de cuáles son nuestros puntos fuertes. En esto no nos ganan, pero ni de coña. Y tú, Barack, si nos lees que sé que lo harás, date igualmente por enterado. Y por goleado, claro.

 

Sigo con el viaje que me pierdo en proclamas. Lo que os decía, ambas ciudades, un lujo asiático para el paladar. La calle Laurel de Logroño. Sin más nombres ni apellidos. Ella solita como ejemplo cultural perfecto de lo que somos. Y digo bien, cultural, puesto que creo que esto también es en cierta medida, cultura. Por costumbre y por arte. Cincuenta bares en apenas tres manzanas. Y eso tirando por lo bajo.

 

Una que es previsora, se llevó un listado de los pinchos que debíamos comer en cada sitio. No terminamos, claro, estaríamos allí todavía. Destaco entre todos El Canalla, que presumía de servir en su barra la mejor tortilla de Logroño. Dimos fe de ello en un par de ocasiones. En dos días y medio. Y eso porque a la hora del desayuno estaba cerrado. A quién se le ocurre.

 

El sábado visitamos Vitoria, y como los vascos otra cosa no, pero echados para delante son un rato, se empeñaron en dejarnos claro que si la oferta gastronómica de Logroño era buena, allí era mejor. En concreto quiero hablaros de Sagartoki, un sitio pegadito a la Plaza de la Virgen Blanca. En su barra lucía en una urna de cristal, protegido como si se tratara de las joyas de la Casa de Alba en el Palacio de Correos de Madrid, un pincho de tortilla catalogado como el mejor de España del año 2010. Qué manía con poner cotas temporales a las cosas. Yo os digo que ese pincho era candidato a ser proclamado como el mejor de la historia de la humanidad. Desde Adán y Eva. Yo no soy vasca pero estoy saliendo con uno, así que puedo permitirme el lujo de venirme arriba cuando quiera. Además mi madre es, al menos de espíritu, andaluza, así que, además del pelo negro azul, genéticamente he heredado ese grado de exageración tan característico de Despeñaperros para abajo. Bromas aparte, la leche. Una auténtica delicia.

 

Desde entonces me pregunto si es la mejor tortilla que he probado. Además de la influencia semi - andaluza, por mis genes corre desbocado el “depende” gallego. Pues no lo sé. Cómo medirlo. Tan capitalina como soy, en Madrid también contamos con muchos sitios donde se sirve una tortilla excelente. A saber, el sempiterno José Luis, Juana La Loca en La Latina, una exquisita que sirven con los daditos de patata bien marcados en pleno Barrio Salamanca o la de La Catapa en la calle Menorca. En mi lista de pendientes figura probar la de Sylkar de la que hablan maravillas si hacéis como hice yo mil veces, una búsqueda en Google con la frase “mejor tortilla de Madrid”.

 

Sin embargo, sería tremendamente injusta si no mencionara en esta entrada el origen de mi pasión. La que me ha llevado a intuir que los dueños de Sagartoki tienen antepasados manchegos. Concretamente de El Viso del Marqués. Bautizada cariñosamente como “La extrafina”, disfruto de ella cada semana. Se ha convertido en tradición que sea en cada descanso de partido de Champions. Además, desde que mi clon ha emigrado a tierras del noreste, la porción que me toca es doble. Media tortilla de seis huevos en quince minutos. Y a seguir jugando y soñando con que este mayo sí, la Décima no se nos escapa.

 

En mis veintiocho años de vida me he encontrado con muchas personas que afirman imprudentes que la mejor tortilla del mundo es la de su madre. La de su madre. Del mundo. Claro, todas las madres del universo compitiendo por la mejor tortilla. Como si fuera posible que hubiera varias catalogadas como las mejores.

Yo les miro con mis ojos miopes y sonrío con malicia sin querer sacarles de su error, no vaya a ser que les dé por probar la de la mía y me quede sin mi doble ración. 

 

 

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lun

14

oct

2013

El mal de las mil páginas

Hace casi un mes que no visito el blog, ésta no es manera, oiga.

Mis disculpas puesto que no pretendía alargarlo tanto en el tiempo, pero la decisión de “esta vez tampoco - Juegos Olímpicos” me dejó traumatizada. Que nooo, el problema principal ha sido que las vacaciones este año han sido mayoritariamente en septiembre y en período de descanso ya se sabe, la cabeza se deja en la ciudad de origen. Que sí, que en algunos casos es imposible, que te veo venir MP. Y que lo de los Juegos Olímpicos también, vale. Ya no puede una ni disimular.

 

Os cuento. En este tiempo me han pasado dos cosas. Acabé con el 5º tomo de mi biblioteca particular (bien podría decir enciclopedia por su extensión) de Julia Navarro y visité por segunda y tercera vez Roma y Florencia respectivamente. Vayamos por partes.

 

No es Julia Navarro una persona que me caiga especialmente bien. Tampoco comparto con ella prácticamente ninguna opinión de las que vierte en las omnipresentes (omnipresentes en mi casa, vaya) tertulias televisivas ni las alusiones políticas que incluye en prácticamente todos los libros que he leído suyos.

 

En cambio, su manera de escribir me gusta mucho. Sus libros suelen ser ladrillos que alcanzan sin dificultad las 1.000 páginas, hecho que combinado con mi rechazo total e irracional al libro electrónico, tiene sobre mis brazos el mismo efecto que el gimnasio al que fui durante quizá dos semanas. El mérito que le otorgo no es llegar al millar de páginas, sino hacerlo de una manera ligera, con una narrativa que engancha y en la que a través de la aparición de un batallón de personajes desmenuza un período concreto de la Historia (con mayúscula). Ahí es donde me pilla, siempre. Seguramente no resista la comparación, pero me viene a la mente “Ken Follet” (pongo las comillas por miedo) en versión española.

 

En “Dispara, yo ya estoy muerto” la acción transcurre principalmente en Palestina. Por extraño que os parezca, no es la Segunda Guerra Mundial el acontecimiento central de la obra, ni tampoco el Holocausto nazi. Creedme. No había leído ningún libro en el que se tratara el problema árabe – israelí. Me acuerdo que hace qué sé yo, 12 ó 13 años estudiamos en el Colegio que David Ben Gurión fundó el Estado de Israel un 14 de mayo. Fechas que no se te olvidan, quién sabe porqué, quizá por ser el día previo a San Isidro Labrador o a la Novena, cada uno utiliza las normas nemotécnicas que quiere.

 

Como ya hizo en su anterior libro, titulado “Dime quién soy” y que desde ya aprovecho para recomendaros, desgrana la parte de la historia que le interesa a través de la vida de una o varias sagas familiares. Es un recurso habitual entre los “best-sellers” pero no por ello, por habitual digo, creo que tenga menos mérito el hacerlo bien. En mi opinión Julia Navarro lo hace y muy bien.

Mis prejucios, basados en sus opiniones televisivas así como las perlitas políticas que ha ido dejando concienzudamente en cada uno de sus libros, me llevaron a pensar que el enfoque de la historia iba a ir en una dirección única, en la del ataque furibundo a los judíos. Me equivoqué en mi intuición puesto que trata de ofrecer los dos puntos de vista del conflicto árabe - israelí. Me gusta.

 

Infinitos son los libros que abordan el Holocausto nazi, como último y brutal ejemplo de la persecución a la que han sido sometidos los judíos desde la época de los Reyes Católicos en España. En cambio, no son tan habituales aquellos que versan sobre los lugares a los que fueron, entre ellos Palestina, tierra de sus antepasados. El libro narra precisamente ese proceso de vuelta al origen (situándose dicho origen hace más de 2000 años) de los judíos y su convivencia – el tiempo se ha encargado de demostrar que ésta no era posible – con los árabes.

 

Me encantaría que si alguien de los que os acercáis a este blog lo ha leído, pudiéramos comentarlo por aquí o en Twitter (@elenaperezdelfa). Igualmente si queréis recomendarme alguno, lo apuntaré en la lista de pendientes que os mencioné en la entrada anterior. Mis manías, ya sabéis.

 

Dejo para otro momento el relato de mi estancia por partida doble en Italia. De esta forma, nadie podrá acusarme de haberme contagiado del bendito mal de las mil páginas.

 

PD: los otros cuatro tomos son, por orden cronológico: La hermandad de la Sábana Santa, La sangre de los inocentes, La Biblia de barro y Dime quién soy.

 

 

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jue

19

sep

2013

El camino y nada más.

Cada uno tiene sus manías. Que se lo pregunten si no a Rafa Nadal. No confesaré las mías puesto que para ello primero tendría que identificarlas. No es sencillo puesto que muchas se disfrazan de rutina en el día a día y es por esto y por cierta vergüenza torera, por lo que se hace complicado admitir que una es en cierto modo, maniática.

 

Sin embargo, estoy dispuesta a confesaros una. Cada verano repito la misma operación con la precisión de un reloj suizo. Elaboro listas de libros pendientes por leer, de autores que quiero conocer como si las vacaciones por llegar fueran un tiempo ilimitado para devorarlos todos. Me encanta y sé que no es grave, no le hago mal a nadie, en todo caso a mi bolsillo y de momento no protesta.

 

A través de una de esas listas, y  gracias a un buen regalo de cumpleaños, llegó a mis manos un libro del que quiero hablaros. Además le debía a la persona que me lo regaló una entrada literaria – no sólo deporte vive el hombre, aunque en ocasiones pudiera creerse -, así que de esta manera cumplo con dos objetivos. El libro en cuestión se llama “El insólito peregrinaje de Harold Fry”. No os destriparé el contenido más allá de la contraportada del mismo o de las referencias a las que se puede acceder buceando un poco en Internet.

 

Cuando lo apunté en esa lista pensé que se trataría del típico libro de verano, temática poco o nada trascendente, a saber, un señor que sale a echar una carta a un buzón y termina recorriendo media Inglaterra para entregarla en persona a una vieja amiga. Pensar poco que para eso ya llegará si es que tiene que llegar, el invierno.

 

Seguramente se puede pasar por él sin ver más allá de la aventura insólita o incluso porqué no, absurda, de un inglés medio pirado que desconfía del servicio postal british y que tiene cierta querencia por el atletismo de fondo. Así de simple. Lo dices, cierras el libro y que pase el siguiente.

 

Confieso que en algún momento del relato lo pensé, para qué escribiría yo esto en mi lista, de qué maldita página tomé la recomendación para no volver a visitarla jamás.

Tras terminarlo, creo que me equivocaba por completo. Al ejercicio “describe la novela en una sola palabra” respondería con el término “inteligente”. Y digo tal puesto que oculto tras su temática digna de la colección blanca del Barco de Vapor, subyace un mensaje en mi opinión mucho más profundo.

 

Podrían diagnosticarme un ataque de misticismo, -además de contar con ciertas manías inconfesables e indetectables, es filósofa-, pero como los que podéis acercaros a este blog sabéis que no es así, os explico a lo que me refiero.

 

Encuentro en el peregrinar de Fry una metáfora perfecta de la vida de cada persona. Harold tenía un objetivo, por absurdo que pueda parecer, era el suyo y lucha por llegar a él. No me digáis que eso no es extensible a cada uno de nosotros. A todos. Cada uno puede bautizarlo como quiera. Presidir una cotizada del Ibex, que te toquen los euromillones y poder hacerte con tu ático soñado en pleno Barrio Salamanca o que el Atleti le gane al Madrid de una vez por todas en el Calderón –amigos atléticos sin ofender, lo del Bernabéu lo tenemos muy reciente-. Distintas maneras en definitiva de buscar de quedarse en paz con uno mismo, de ser feliz.

 

En la búsqueda de ese objetivo, como le pasa a Harold, van sumándose a la causa personas que terminan de dar sentido al mismo. O precisamente ellas son el sentido del que hablamos. Algunas siguen contigo hasta el final, haciendo suyo tu camino, independientemente de las curvas que puedan presentarse en el mismo. Yo valoro muchísimo esto y lo hago presente en mi día a día. Entiendo que la vida cobra sentido exactamente así y es por esto por lo que he querido escribiros esto.

 

Si alguno lee la novela y se queda únicamente con la historia de la carta, que me disculpe, me ponga un comentario hiriente y cierre esta maldita página para no volver a visitarla jamás. Si en cambio os gusta, nos vemos en el camino.

 

 

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vie

06

sep

2013

Recordar lo que somos

 

No soy objetiva. Ni pretendo serlo. Mañana se decide en Buenos Aires qué ciudad albergará los Juegos Olímpicos de 2020. Madrid es por tercera vez ciudad candidata. Nos veremos las caras en el rush final con Estambul y Tokio. En esta ocasión creo que las sensaciones no son tan buenas como en las dos anteriores. En nuestra retina permanecen las imágenes de dos derrotas consecutivas. La ilusión inicial de 2012 se tornó en desencanto y en cierta sensación de empecinamiento por parte de los responsables de nuestra candidatura.

 

Leo estos días en la prensa que los datos que se manejan son de un 91% de apoyo popular. No sé con qué información cuentan, pero tengo la impresión de que esas cifras no son exactamente así. Son muchos los que se expresan en sentido contrario. Los motivos que exponen son diversos. El principal, el boomerang económico en el que se convertirá la cita olímpica y que repercutirá directamente en nuestros bolsillos. Como si no estuviéramos pagando ya muchas otras causas con origen más dudoso que éste. Otros en cambio los rechazan porque su vista no les permite ir más allá de sus límites autonómicos. Dicen sentimientos y yo digo miopía severa. Realidades de otros tiempos ajenos al actual en el que las fronteras son cada vez más difusas. Me encanta sentirme muy de lo mío. Yo soy así. Pero creo que no debería ser incompatible con sentirte también de lo de todos. En fin, ese es otro tema, vayamos a lo importante.

 

Yo quiero oír “Madrid” el sábado. Escucharlo bien alto. Ver a la gente saltar de alegría en la Puerta de Alcalá. Escuchar indirectamente “Valencia”, “Sevilla” o “Vigo”. Considero que ha llegado el momento de sacudirnos una vez por todas, esa pesadumbre que nos acompaña desde hace años. Mandar bien lejos a la prima de riesgo, renunciar a ser la “S” de los PIGS de Europa, olvidarnos de la lucha barriobajera en la que se ha convertido el Congreso de los Diputados, abandonar el todo vale, la crispación social, el “y tú más”, el no saber nada pero saberlo todo. Volver a creer en nuestras posibilidades, en nuestra capacidad. 

 

Éste puede ser un buen punto de partida. Los Juegos Olímpicos son mucho más que una cita deportiva. Es una oportunidad única para enseñarle al mundo que nuestras virtudes van más allá de los Nadal, Gasol y compañía. Que somos mucho más. Creo que previamente debemos hacer entre todos el ejercicio de desempolvar todo lo bueno que tenemos, sin que para ello sea necesaria una buena campaña de publicidad con Fofito y cia. Recordar nuestros puntos fuertes a base de trabajo, de responsabilidad, de perseverancia, de esforzarnos en hacer las cosas bien, de saber que somos capaces, que vamos a hacerlo, que no somos más que nadie pero tampoco menos, que hemos superado entre todos este bache primero moral y después económico en el que nos encontramos desde no me acuerdo cuándo.

 

Seguramente no sea Madrid la ciudad más bonita de Europa. Cómo compararla con la abrumadora historia de Roma, con las amplísimas avenidas de París, o con la pujanza de la City londinense. Creo en cambio que dichas ciudades no resisten la comparación con Madrid en la capacidad para acoger, para hacer sentir a la gente que viene de fuera que éste es también su sitio, que aquí hemos cabido y cabemos todos, que en Madrid se incluye y no se excluye. Considero que tenemos mucho y muy bueno, pero destaco esa cualidad como definitiva ante una cita como ésta.

 

Estoy convencida de que si nos eligen lo haremos bien. El éxito de Barcelona fue rotundo. Ahora le tiene que tocar  a Madrid, es nuestro momento.

 

Dicen que es deporte. Yo creo que es mucho más. A los que opinan “no hay dos sin tres”, yo les digo que a la tercera va la vencida. Tiene que ser así.  Madrid!

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vie

23

ago

2013

Madridismo eres tú

No me gusta Florentino Pérez. Buen gestor económico. Generador indudable de ilusión, capaz de acometer fichajes - necesarios o no - en la foto-finish de cada mercado veraniego. Hábil para atraer a la causa madridista a un ejército de ojos rasgados, estadounidenses, de la Conchinchina, qué sé yo. La pasta y el marketing. Eso se le da de cine.

 

En cambio, detecto en él muchos aspectos que no me gustan. No es cuestión de enumerarlos ahora ya que el objetivo de esta entrada es otro. Y me extendería. Ya entraremos en eso. Pero si tuviera que quedarme con uno, lo tendría claro. Su falta absoluta de sensibilidad a la hora de tratar y despedir a futbolistas que han sido santo y seña del Club – Di Stéfano aparte -, y que durante sus mandatos en la presidencia han ido abandonando el Madrid sin el reconocimiento que merecían.

 

El último de ellos, Raúl. Hace 3 años anunciaba su marcha. Lo hacía como jamás podría haber imaginado ni él, ni el madridismo entero, rodeado de 1.000 personas en un Bernabéu derretido, bajo los 40º del mediodía en pleno mes de julio y en una posterior rueda de prensa acompañado por Jorge Valdano. Su mentor, vale. Pero dónde estaba el presidente. Dónde.

 

No nos dieron la oportunidad de despedirnos de él, de darle las gracias por su esfuerzo, por tantos goles, por tantos títulos, por esas noches de vino y rosas en la Champions cuando se convirtió en una bendita rutina la visita a la diosa Cibeles tras recorrer las calles de Madrid paseando nuestro título fetiche.

 

Se fue y nosotros con él, haciendo nuestro el color azul de las camisetas del Schalke. Vimos como en su regreso a España, cómo no en la Champions, Mestalla se pobló de pancartas cuyo único destinatario era el 7 de Europa, decían. Por suerte pude estar allí, y el número de madridistas en la grada era sobrecogedor. De repente sentíamos simpatía por un equipo de la cuenca minera del Ruhr. Nosotros, simpatía por los alemanes, desde cuándo. Asistimos con envidia a los dos homenajes que le rindieron al marcharse a Qatar. Y en su casa durante 16 años nada. Na-da.

 

Gracias a Dios el tiempo pone a cada uno en su sitio. Y nuestra deuda se saldó ayer. No me vale el hecho de que los homenajes se dan cuando uno se retira. No existe para ello una ley escrita ni no escrita. Los homenajes se dan cuando se sienten. Y cuando tiene voluntad para ello. Y hasta ahora, no había existido ese deseo por parte del presidente. No interesaba. La falta de sensibilidad de la que os hablaba antes.

 

Estoy convencida de que aún sin el reclamo del partido – el rival no valía nada-, el Bernabéu habría presentado el mismo aspecto, un lleno hasta la bandera, un tropel de camisetas con el 7 a la espalda dispuestos a rendir tributo a quién defendió a capa y espada los valores del madridismo durante tanto tiempo. Buscábamos darte las gracias por “el aguanís”, por silenciar el Camp Nou, por ser azote del Atleti, por tu cabalgada en solitario en París para cerrar la octava, por tus goles en Old Trafford, en Glasgow, por tus saltos a lo “Juanito” tras una remontada antológica contra el Español.

En definitiva, por interpretar de esa forma lo que es el Madrid, tu Madrid y el nuestro, por ser capitán y escudo.

 

El homenaje tuvo muchos momentos especiales. La presencia del Rey en el palco, el brazalete de Casillas, la entrega simbólica del 7 a Cristiano, los pulgares al dorsal, los capotazos en el Fondo Norte que convertiste en tradición en cada gran título que conseguiste, el Bernabéu tronando tu nombre como tantas y tantas veces. Pero sin duda me quedo con la imagen de tu beso al césped en el centro del campo con el estadio lleno puesto en pie. Así es exactamente como me había imaginado tu marcha.

 

Los amores perfectos en España se despiden así. Un beso y hasta pronto, Raúl. 

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mié

31

jul

2013

El cuarto poder

Sin apenas darnos cuenta, hemos superado ya la mitad del verano. Año tras año se suceden las mismas noticias ante nosotros. Los telediarios abren sus ediciones con conexiones en directo con la playa de la Malvarrosa. Atascos a la salida de las grandes ciudades. Los turistas disfrutan del buen tiempo de la costa española. Los malditos incendios. El premio extraordinario de la ONCE. Los “San Fermines”. Como si la información pudiera convertirse en rutina.

 

Éste, en cambio, ha sido un mes de julio atípico. Un bombardeo de información nos sacude diariamente. En algunos casos, desde hace meses en una cronología interminable propia de una serie de novela negra.

 

Noticias que en muchos casos no son más que puros reflejos del estado de la sociedad actual. Desde hace unos años nos encontramos inmersos en una crisis económica dicen que sin precedentes. Lehman Brothers, la burbuja financiera, ya sabéis de lo que os hablo.

 

En mi opinión, todo trasciende más allá de eso. Se trata de una crisis de valores profundísima, de savoir-faire, del “aquí no pasa nada” llevado al extremo. Y vaya si pasaba. En todos los ámbitos de la sociedad.

 

Hay días en los que la atención recae en el de enfrente. Y te ensañas con él. Casi disfrutas con su desangrado público, mientras devoras una tras otra las columnas de opinión afines a tu pensamiento como si de un libro de ciencia ficción se tratara. En ocasiones parece eso, pura ciencia ficción.

 

Otros en cambio, te pillan más de cerca. Ahí lo pasas un poco peor. Tratas de buscar justificaciones, en algunas ocasiones inverosímiles. Y lo sabes. Lees aquello que te hace menos daño. Pero no te apetece. Deseas que Florentino cierre el fichaje del verano que desplace las portadas de la prensa hacia otro sitio, el césped del Bernabéu quizá.

 

Por último, están “esos casos”. Los que suscitan opiniones unánimes. La unanimidad es mal síntoma. Suele coincidir con hechos que además conllevan solidaridad. Y después orgullo. La reacción ejemplar de todos. Pero el problema es el “antes”. Suelen ser casos muy dolorosos, como el acontecido en Santiago la semana pasada.

 

En todos ellos hay un denominador común. El papel de la prensa como elemento clave en la creación de corrientes de opinión. Y digo bien, creación, no vertido de opinión.

 

Creo que en los tiempos que corren, con el descrédito tan grande que sufren las instituciones, originado en la mayoría de los casos por el deterioro moral de quien ejerce alguno de los poderes públicos, el rol desempeñado por el periodismo se convierte en fundamental.

 

De “cuarto poder” a primero. Nunca tan importante como ahora.

 

Considero que la labor del periodista es imprescindible. Necesitamos que nos cuenten lo que sucede. Y en la era de la tecnología, que nos lo cuenten ya. En tiempo real.

 

Yo añadiría, que además de la inmediatez, lo que se necesita es rigor. El ofrecer una información fiable y rigurosa no puede verse sustituido por la imperiosa necesidad de conocer, de señalar vencedores y vencidos, culpables e inocentes. En todo caso complementado.

 

Hay espacio por supuesto para la opinión. Cómo si no. El problema es cuando no se logra diferenciar opinión de información. Y la primera se convierte en la segunda. Y se extiende como la pólvora por las mil y una fuentes de información de las que disponemos hoy en día. Las redes sociales y todo eso.

 

La semana pasada hubo casos flagrantes de esto que os cuento. Sé que es habitual, no es sólo cosa de unos días. Ni de los periódicos generalistas. Lo del periodismo deportivo va más allá de todo esto. Pero es diferente.

 

Hay momentos en los que se hace más necesaria que nunca la información. En los casos que despiertan unanimidad que antes os comentaba. Ahí es donde la responsabilidad es todavía mayor. Se trata de vidas. Y de responsabilidades que cuestan vidas. De contar lo que ha ocurrido sin filtros, sabiendo en todo momento el daño que puede suponer un titular mal escrito. O una foto en portada. Ahí donde se tiene que ejercer un periodismo responsable.

 

Sáenz de Buruaga solía decir aquello de “así son las cosas, y así se las hemos contado”. Eso es exactamente lo que yo quiero. Que me cuenten lo que ocurre. Y acudir después a las columnas de opinión, tan respetables como las que cada uno se genere en el salón de su casa. Diferenciar información de opinión. Pues eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

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vie

26

jul

2013

Uno de los nuestros

Me hubiera gustado que te fueras así. Por la puerta grande.

 

Tras 7 años en Madrid, después de 121 goles, el Pipa decidió cambiar de aires. Desde el año pasado el run-run de su marcha era imparable. Sólo el Bernabéu en pie, rendido al número 20 en plena celebración de la liga hizo que la decisión se retrasara un año. Pero empecemos por el principio.

 

En la primera vuelta de la liga de 2006, el Madrid de Capello vagaba sin pena ni gloria por la competición. Con escasa repercusión sobre la opinión pública, llegaron en el mercado invernal tres semidesconocidos que apenas generaron ilusión en el madridismo. Gago, Higuaín y Marcelo. Gago compartía origen y físico con Fernando Redondo, ídolo del Bernabéu, algo que parecía acreditarle desde el principio como un buen futbolista. Nos equivocamos. Marcelo no podía, en ese momento, competir con Roberto Carlos. La banda izquierda era suya desde hacía 9 años. Pero no parecía importarle, los brasileños están hechos de otra pasta.    

 

Con el Pipa en cambio, todo fue más difícil. Inmediatamente establecieron una comparación ridícula con Ronaldo. La huella del brasileño, como no podía ser de otra manera, era enorme. Pero eso no valía como justificación para esperar de un chaval de 18 años con apenas experiencia en River, lo mismo que del mejor delantero centro que se recuerda en Concha Espina.

 

En esa segunda vuelta, la contribución goleadora de Higuaín fue muy escasa. Apenas dos goles, pero ambos significativos. El primero de ellos en el Calderón. El segundo, el 4-3 contra el Espanyol tras una de las remontadas imposibles que llevaron al Madrid a ganar la liga más sufrida de su historia. Podría escribir un libro sobre aquellas jornadas.

 

Lo que vivimos el día del Espanyol fue indescriptible. El Bernabéu boca abajo celebrando en el 92´ el bautismo de Higuaín en el que sería su campo los siguientes 7 años. Casillas corriendo como un poseído desde su portería para abrazarse con el resto del equipo, Cannavaro enarbolando el banderín de córner como un aficionado más, la imagen de Ruud, otro grande, mostrándole a la grada la camiseta del 20. Una bendita locura.

 

El Madrid ganó esa liga con una chispa (o mucha) de suerte, y con toda el alma que tenía su entrenador, sus jugadores y la gente. Yo he visto muchas, pero como esa ninguna, ni creo que vuelva a hacerlo.

 

Su protagonismo en el equipo fue en aumento el año siguiente, la liga de Schuster. La distancia con el Barcelona era grande, y se jugaba un partido con Osasuna en Pamplona que podía decidir el campeón. A falta de 10 minutos, el resultado era de 1-0, bajo un diluvio brutal, en un campo históricamente incómodo para el Madrid y con un jugador menos. Aquí paz y después gloria. Pero fue paz y gloria en el mismo momento, por expreso deseo del Pipa. Para qué esperar. Derechazo y a Cibeles a hombros de Cannavaro. O de Ricardo, todo sea dicho.

 

Tras dos ligas consecutivas, comenzó el peregrinaje por el desierto. Los mejores años del Barça se correspondieron con los peores del Madrid. La teoría de los vasos comunicantes aplicada al deporte.

 

Años durísimos para el Madrid. Sin embargo, sería capaz de rescatar algún momento inolvidable, como el zurdazo a la escuadra el día del “Casquerazo”, 3-2 contra el Getafe cuando en el minuto 89 el resultado era 1-2. Donde no le llevaba su calidad, le llevaba su carácter. Y eso en el Bernabéu siempre ha significado una única palabra: ídolo.

 

Fueron muchísimos los goles que marcó durante las temporadas siguientes. Incluso el año de la llegada de Cristiano, Kaká, Benzema, fue el máximo goleador del equipo, partiendo cada septiembre en desventaja con jugadores de más calidad que él. Con mucha más clase. Y mejor definición. Pero él tenía más ganas. Bastantes más en algún caso. Y sabía lo que era el Madrid.

 

El tiempo hizo el desgaste, y el año pasado, tras una buena temporada, apareció en la celebración de la Liga con la camiseta blanca firmada por todos sus compañeros. Todo apuntaba a que quería marcharse. Pero la gente le convirtió en el foco improvisado de las celebraciones. En Cibeles. Y en el Bernabéu. El clamor fue impresionante pidiéndole que se quedara. Y lo hizo, un año más.  

 

Tras él, decide marcharse. Quizá se cansó de tener que luchar contra futbolistas mejores que él. Sé que volveremos a encontrarnos. Creo que entendió como pocos al Madrid y aprendió a sentirlo como suyo.

 

"Igualín que Ronaldo" decían. Yo en cambio creo que del que tenía cosas era de Raúl. Es uno de los nuestros.

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lun

22

jul

2013

Porca miseria

Quizá fue una de las niñas de la foto. La semana pasada, la prensa escrita se hizo eco de una situación que se estaba viviendo en Italia. Ese país que desde España entendemos tan cercano en costumbres y raíces a nosotros, nuestros primos hermanos europeos. Como no podía ser de otra manera, no andan mucho mejor que nosotros en estos tiempos y no hablamos sólo de temas económicos. La crisis va mucho más allá de eso. Es una crisis de valores.

 

La situación de la que hablo, es de los insultos que profirieron algunos miembros de la escena política italiana a la ministra de Integración de su Gobierno, Cécile Kyenge. El motivo no fue su inclinación política, izquierda y derecha como enemigos íntimos, ni tampoco el hecho de que hubiera protagonizado ningún escándalo a lo Berlusconi, versión a lo grande de nuestra Olvido Hormigos.

 

“Orangután” o “elogio a la incompetencia”, fueron parte de las lindezas que le dedicaron algunos de sus colegas de profesión. “Orangután”. Tal cual. Y lo dice el vicepresidente del Senado italiano mientras sonríe en un mitin de su partido. Se retrata automáticamente a través de sus palabras. Un esperpento.

 

Os pongo en situación. Cécile nació en Congo, a los 18 años se fue a Italia, estudió medicina y está casada con un ingeniero italiano. Ocupa un ministerio en el Gobierno. A ésto es a lo que podríamos referirnos al hablar de superación. De no tenerlo en absoluto fácil y lograrlo. No se trata de hacer aquí apología del feminismo, en absoluto, no soy de esas. Me da exactamente igual que fuera hombre o mujer, del Congo o de la Cochibamba. Pero es tremendamente llamativo, que en un país como Italia, en pleno siglo XXI, tengan que vivirse situaciones como ésta. Porca miseria.

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vie

19

jul

2013

En las tardes de verano...

Ayer había ciclismo en La 1. Y cuando algún programa pasa de ser emitido en TDP a La 1, es porque ese día es importante. Me gusta mucho el deporte. Alguno más que otro, no es el ciclismo mi favorito, pero tengo desde pequeña el recuerdo de mi padre viendo el Tour de Francia. Etapas inolvidables entre Induráin y Tony Rominger, la maravillosa época protagonizada por Armstrong, la irrupción de Contador, los españoles volvíamos a lo más alto en los Campos Elíseos. Somos los reyes de Europa.

 

Hasta que la sombra del dopaje se cierne sobre todos y cada uno de los ciclistas. Desde los Estados Unidos se defiende ejemplarmente la limpieza del deporte, a pesar de que eso implique directamente que el norteamericano ganador de los 7 tours, admirado en todo el mundo como ejemplo de lucha y superación contra el maldito cáncer se tenga que despojar de ello, tras entonar el "mea culpa" en un espectáculo televisivo esperpéntico. Y lo que en mi opinión es más grave aún, es que esos tours no puedan ser otorgados a ningún segundo clasificado, por estar todos imputados por la misma causa.

Mi visión de todo esto es que las condiciones exigidas a los ciclistas son más severas que en cualquier otro deporte, quizá con la excepción del atletismo. Y que a la hora de planificar las vueltas ciclistas de 3 semanas, no se tiene en cuenta nada más que el espectáculo, la audiencia televisiva.

Ayer subieron dos veces Alpe D'Huez, hoy harán los mismo con La Madeleine, y entre medias apenas 20 horas de recuperación. Froome, líder indiscutible en el asfalto, es acribillado en rueda de prensa con preguntas relativas al EPO y sus derivados. Ésto ya lo hemos vivido.

Creo que debe revisarse el umbral a partir del cual se considera dopaje, y que los organizadores de las vueltas ciclistas se plantearan el daño que le están haciendo a su negocio, porque ganarán audiencia pero se desangran en credibilidad.

Alguien tendrá que poner freno a esto, puesto que de otra forma cada vez será más difícil que haya más programas en La 1 en las siestas de verano.

 

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Comentarios: 3
  • #1

    Guisante (viernes, 19 julio 2013 12:48)

    A por ellosssssssssssssssssssssss

  • #2

    La otra parte: Mendi (viernes, 19 julio 2013 13:06)

    Oeeeeeeeeeeee!!!!

  • #3

    Magdalena (jueves, 22 agosto 2013 23:23)

    Muy buena iniciativa. Me interesará mucho leer tus opiniones y reflexiones sobre cualquier tema que no sea fútbol.

Comenzamos...

Me disteis el empujón definitivo para llevar a cabo lo que rondaba por mi cabeza desde hace tiempo.

 

Aquí estoy. Empezamos.