Uno de los nuestros

Me hubiera gustado que te fueras así. Por la puerta grande.

 

Tras 7 años en Madrid, después de 121 goles, el Pipa decidió cambiar de aires. Desde el año pasado el run-run de su marcha era imparable. Sólo el Bernabéu en pie, rendido al número 20 en plena celebración de la liga hizo que la decisión se retrasara un año. Pero empecemos por el principio.

 

En la primera vuelta de la liga de 2006, el Madrid de Capello vagaba sin pena ni gloria por la competición. Con escasa repercusión sobre la opinión pública, llegaron en el mercado invernal tres semidesconocidos que apenas generaron ilusión en el madridismo. Gago, Higuaín y Marcelo. Gago compartía origen y físico con Fernando Redondo, ídolo del Bernabéu, algo que parecía acreditarle desde el principio como un buen futbolista. Nos equivocamos. Marcelo no podía, en ese momento, competir con Roberto Carlos. La banda izquierda era suya desde hacía 9 años. Pero no parecía importarle, los brasileños están hechos de otra pasta.    

 

Con el Pipa en cambio, todo fue más difícil. Inmediatamente establecieron una comparación ridícula con Ronaldo. La huella del brasileño, como no podía ser de otra manera, era enorme. Pero eso no valía como justificación para esperar de un chaval de 18 años con apenas experiencia en River, lo mismo que del mejor delantero centro que se recuerda en Concha Espina.

 

En esa segunda vuelta, la contribución goleadora de Higuaín fue muy escasa. Apenas dos goles, pero ambos significativos. El primero de ellos en el Calderón. El segundo, el 4-3 contra el Espanyol tras una de las remontadas imposibles que llevaron al Madrid a ganar la liga más sufrida de su historia. Podría escribir un libro sobre aquellas jornadas.

 

Lo que vivimos el día del Espanyol fue indescriptible. El Bernabéu boca abajo celebrando en el 92´ el bautismo de Higuaín en el que sería su campo los siguientes 7 años. Casillas corriendo como un poseído desde su portería para abrazarse con el resto del equipo, Cannavaro enarbolando el banderín de córner como un aficionado más, la imagen de Ruud, otro grande, mostrándole a la grada la camiseta del 20. Una bendita locura.

 

El Madrid ganó esa liga con una chispa (o mucha) de suerte, y con toda el alma que tenía su entrenador, sus jugadores y la gente. Yo he visto muchas, pero como esa ninguna, ni creo que vuelva a hacerlo.

 

Su protagonismo en el equipo fue en aumento el año siguiente, la liga de Schuster. La distancia con el Barcelona era grande, y se jugaba un partido con Osasuna en Pamplona que podía decidir el campeón. A falta de 10 minutos, el resultado era de 1-0, bajo un diluvio brutal, en un campo históricamente incómodo para el Madrid y con un jugador menos. Aquí paz y después gloria. Pero fue paz y gloria en el mismo momento, por expreso deseo del Pipa. Para qué esperar. Derechazo y a Cibeles a hombros de Cannavaro. O de Ricardo, todo sea dicho.

 

Tras dos ligas consecutivas, comenzó el peregrinaje por el desierto. Los mejores años del Barça se correspondieron con los peores del Madrid. La teoría de los vasos comunicantes aplicada al deporte.

 

Años durísimos para el Madrid. Sin embargo, sería capaz de rescatar algún momento inolvidable, como el zurdazo a la escuadra el día del “Casquerazo”, 3-2 contra el Getafe cuando en el minuto 89 el resultado era 1-2. Donde no le llevaba su calidad, le llevaba su carácter. Y eso en el Bernabéu siempre ha significado una única palabra: ídolo.

 

Fueron muchísimos los goles que marcó durante las temporadas siguientes. Incluso el año de la llegada de Cristiano, Kaká, Benzema, fue el máximo goleador del equipo, partiendo cada septiembre en desventaja con jugadores de más calidad que él. Con mucha más clase. Y mejor definición. Pero él tenía más ganas. Bastantes más en algún caso. Y sabía lo que era el Madrid.

 

El tiempo hizo el desgaste, y el año pasado, tras una buena temporada, apareció en la celebración de la Liga con la camiseta blanca firmada por todos sus compañeros. Todo apuntaba a que quería marcharse. Pero la gente le convirtió en el foco improvisado de las celebraciones. En Cibeles. Y en el Bernabéu. El clamor fue impresionante pidiéndole que se quedara. Y lo hizo, un año más.  

 

Tras él, decide marcharse. Quizá se cansó de tener que luchar contra futbolistas mejores que él. Sé que volveremos a encontrarnos. Creo que entendió como pocos al Madrid y aprendió a sentirlo como suyo.

 

"Igualín que Ronaldo" decían. Yo en cambio creo que del que tenía cosas era de Raúl. Es uno de los nuestros.

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Comentarios: 2
  • #1

    Rastreator (viernes, 26 julio 2013 15:08)

    Uy qué pena...

  • #2

    guisante (viernes, 26 julio 2013 23:31)

    No juego en tu posicion, pero intentare aportar lo maximo!