Nada nuevo bajo el sol

Esto ya lo he vivido. Y vosotros también. Como si de un déjà vu se tratara, volvemos una y otra vez al punto de salida. Cada cuatro años, ocho en el mejor de los casos. Era exactamente esto a lo que se referían cuando nos explicaban en el colegio el significado de “denominador común”. Lo común es encontrarnos en el kilómetro 0. Volver a empezar.

 

Independientemente de quién resulte elegido en las urnas, asistimos de forma recurrente a un ejercicio de “borrón y cuenta nueva”. Todo lo llevado a cabo en los cuatro/ocho años anteriores se envía sin remilgos a la papelera de reciclaje y se desarrolla un nuevo plan, el nuestro, mucho más acertado que el de “ellos”, dónde va a parar.

 

En mi opinión esto es un auténtico disparate. La foto perfecta del estado en el que se encuentra nuestra clase política. El enfoque es claro. Nada de lo que se hizo fue válido. Nosotros en cambio sabemos la fórmula del éxito. Y venimos a aplicarla.

 

Por qué digo disparate. Os lo justifico. Como os comentaba, creo que el planteamiento es claro. Pero la distorsión es en mi opinión, cristalina. Considero que en alguna parte de la lista de prioridades de la clase política se encuentra olvidada la que debería ser madre de todas las obligaciones, que no es otra que ejercer con responsabilidad el servicio al ciudadano.

 

Con responsabilidad. Se dice y se escribe fácil. Sin embargo, a la vista de los resultados, no debe ser tan sencillo ponerlo en práctica. Ideológicamente hablando, asumo que es difícil que haya puntos de partida comunes en determinados aspectos. Lo acepto y lo entiendo. Son esos detalles los que precisamente nos deberían hacer elegir una u otra opción en las urnas.

 

En cambio, basándome en la idea de que, por poner un ejemplo, en mi caso, antes de ingeniera soy persona, y considerando que esa conclusión es extensible a cualquier ciudadano, y por ende incluso a los políticos, entiendo que deberían existir unas premisas compartidas por todos. Por derecha e izquierda, por catalanes y madrileños. Por el mero hecho de ser personas y de tener a diferencia de los animales, capacidad para razonar.

 

Todo esto surge a raíz de la aprobación la semana pasada del enésimo plan de educación. Creo que es el caso más claro del despiporre en el que se ha convertido desde hace muchos años, el día a día de nuestra política. Independientemente de quién se encuentre en el Gobierno o de si hablamos a nivel estatal o autonómico.

 

No es lógico bajo ningún punto de vista ni a la luz de ninguna ideología, que cada cuatro años se presenten planes de educación diferentes, que tardan en instaurarse casi una legislatura por lo que en el peor de los casos ni siquiera da tiempo a que se finalice su implantación completa.

 

Debe ser que es más sencillo ver los toros desde la barrera. Seguro. Estoy convencida en cambio de que no debe ser tan difícil fijar unos criterios asumidos por todos sobre con cuántos suspensos se repite curso o cuántas horas están destinadas al idioma co-oficial en aquellas Comunidades Autónomas en las que aplique. Lo achaco a que tal vez desde la arena se pierda la perspectiva. La foto de la que antes os hablaba. Se distorsiona el objetivo y aparece como único fin retratarse una y otra vez como los inventores de la fórmula de la Coca - Cola.

 

La paradoja de esto es que los ciudadanos sí estamos encontrando aquello que la clase política parece querer evitar. Un punto de partida común. Aquel en el que el descrédito prima por encima de cualquier convicción. Nos están invitando a ello constantemente. Yo en cambio, cabezota y cabezona como soy, me niego a caer en eso.

 

Yo sí creo y tengo la seguridad de que las cosas irán a mejor, siempre y cuando alguien proceda a crear un nuevo Ministerio. El Ministerio del Sentido Común.

Escribir comentario

Comentarios: 1
  • #1

    guisante (lunes, 02 diciembre 2013 12:49)

    Que justamente es es el ministerio menos común!!
    Gran articulo periodista!