Los amigos de Al Gore

Ha sido éste un mes de mayo de los de antes. Durante 12 años, Al Gore y sus acólitos se frotaban las manos al ver que sus catastrofistas proclamas acerca del cambio climático, comenzaban a dar frutos y conseguían reunir en torno a su mensaje a un grupo amplio de seguidores a lo largo y ancho del Globo Terráqueo. Año tras año comprobábamos aquellos que íbamos haciendo nuestra su tesis, que el mes que otrora suponía el anticipo del verano, se había convertido en un tiempo antipático y sombrío, el mes de los enemigos del Bien con mayúsculas, en definitiva, el mes del Barça.

 

Como no hay mal que cien años dure, ni cuerpo Pérez Delfa que lo aguante, por fin terminaron el frío y las sombras y volvieron esplendorosas las flores y la bendita primavera. Al menos eso es lo que me han contado, porque aquí la que escribe, se ha pasado medio mes de mayo vagando por otros lares. Cirros y cirrocúmulos - esto lo he buscado para no meter la pata - han sido mis aposentos durante algo más de dos semanas. Las nubes, mi reino.

 

Como es difícil vivir del aire, aunque una se encuentre en las mismísimas alturas, ha llegado el momento de volver a producir y darle vida a mi tribuna, por lo que planto los pies en el suelo y las manos en el teclado para narraros con palabras  - si es que esto es posible - lo que supuso la llegada de la primavera aquel sábado de gloria en Lisboa.

 

En las horas previas, - por no decir un mes y quedar deslegitimada por exageración -, mi cabeza bullía como una olla express – digo NO al chiste fácil - imaginando lo que estaría por venir. 28 años de existencia, desde el minuto 0 de la misma, esperando poder vivir en directo una final de la Champions, torneo por excelencia para todo el madridismo, con las mocitas madrileñas a la cabeza del pelotón.

 

Cuál era el motivo del viaje, lo tenía claro. ¿El destino? Cuentan que fue Lisboa pero no puedo asegurarlo. Tras recorrer la península entera en el Tren de la Fresa – eso sí, fresa blanca por cortesía de Renfe -, llegamos al que decían era nuestro destino tras departir durante más de 8 horas  - Willy Fog recorrió el mundo en menos horas - con un simpático caballero poseedor del carnet de socio número 92, así como con varios varones que quisieron retratarse hasta en un par de ocasiones con esas gemelas conocedoras de tantos datos sobre el Madrid como la enciclopedia Encarta y ataviadas con más merchandising que el disponible en la mismísima tienda del Bernabéu.

 

Saltamos a la carrera de aquel tren más lento que el coche de los Picapiedra, como si temiéramos que el partido diera comienzo sin nosotras. Tras la pertinente despedida del autobús en el hotel – estoy arriesgándolo todo a que los que lean estas líneas me desacrediten intelectualmente para siempre – pusimos nuestra vida en peligro por primera vez tras montarnos en un taxi con dos brasileños desconocidos que únicamente balbuceaban “Real Real” – cómo iban a decir otra cosa viendo con quiénes compartían automóvil – mientras le imperábamos al taxista “a Da Luz, rapidinho, rapidinho” en un intento por transmitirle que aquello era una cuestión de vida o muerte.

 

El honrado lisboeta captó el mensaje al vuelo y la consiguiente amenaza – si nos timas, kaputt - y nos dejó en el arcén de una autopista que debíamos atravesar a pie para llegar al campo. El riesgo de perder la vida subyace en la siguiente situación: el taxista compinchado con los dos brasileiros con los que comparte algo más que la lengua de Pessoa, se produce el atropello de las dos pánfilas venidas desde Madrid al atravesar una M30 a pie, con el consiguiente robo de las entradas - divino tesoro - y su posterior (re)venta al módico precio de 5.000 euros cada una. Os aseguro que éste podría haber sido perfectamente resumen de los pensamientos de mi madre. Y sin imaginar mucho.

 

Tras semejante trajín de viaje, accedíamos al campo y todo transcurría según lo previsto. Nervios a flor de piel, gritos de un lado replicados automáticamente desde el otro fondo, lesión de Diego Costa a la primera carrera, hasta el momento en el que Casillas reclamó la atención para sí mismo haciendo un Zubizarreta, y la cara de Al Gore se me presentó delante, como si de las apariciones de El Escorial se tratara. “Te lo advertí, se acabó la primavera”, parecía querer decirme.

 

Sólo los gritos de “Sí se puede” y el inmediato recuerdo de aquella casi remontada contra el Borussia del año pasado, me sacaron de mi ensimismamiento y me devolvieron al sitio en el que estaba teniendo lugar el crimen para pensar que aún era posible. Del momento del gol de Ramos poco puedo narraros más que ví a mi hermana volando en brazos de un holandés que había venido solo desde la tierra de los tulipanes, y mi pensamiento – único – de que hasta aquí había llegado. Adiós mundo cruel, mi vida en la Tierra ha concluido.

 

Creo recordar también que el señor que se encontraba a mi derecha ni se inmutó. Antes de que empezara la batalla me confesó, en una conversación de ascensor, que estaba lleno de miedos. Yo le dije que le entendía, “estamos juntos en esto, amigo”, pero le desmentí inmediatamente cuando me enteré que su temor tenía otro origen. Era vértigo lo que sentía el susodicho, y yo unas ganas irrefrenables de abofetearle a mano abierta por desconsiderado con todos aquellos que se habían quedado al otro lado de la frontera (portuguesa) y mandarle directo de un guantazo a la Luna para que supiera lo que significaba sufrir un "mal de altura".

 

Al cabo de aproximadamente 10 minutos conseguí dejar de llorar – si aún no me habíais catalogado como loca sin remedio, ahora tenéis de nuevo la oportunidad de hacerlo –y pude ver como el sueño de todos aquellos meses de mayo en la sombra se tornaba en realidad. Frotaba y frotaba mis ojos para que la llantina y la miopía me permitieran ver con nitidez cómo el equipo de mis amores levantaba la Orejona por décima vez. Ya no sé si era sábado o domingo o si estábamos en Lisboa o en la Cochibamba. Me daba lo mismo, ya sólo sabía decir: "por fín".

 

Tras este cúmulo (creo que éste también es un tipo de nube, en la undécima os lo confirmo) de emociones, mi conclusión es clara. Sé que he perdido a lo largo de este artículo cualquier atisbo de credibilidad, pero si habéis llegado hasta aquí, os merecéis una última idea.

 

Creo que la mejor forma de vivir es así. Ni mucho menos estoy insinuando que siendo madridista (que también, J). Me refería a algo mucho más importante. A ser capaz de vivir intensamente, de disfrutar, de emocionarse, de sufrir, de levantarse después de una, dos o doce derrotas consecutivas, de librarse de aquellas apariciones que sólo te anuncian que los cambios son para mal, “búscate otro aliado, maldito americano”. Sin riesgo de que el vértigo nos convierta en inmutables.

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Comentarios: 8
  • #1

    guisante (lunes, 09 junio 2014 13:23)

    Todo eso sin que yo participase!!!
    yo hubiese vendido la entrada sin duda!! para cuando la 11ª?¿
    pd: Se te ha olvidado mencionar el bocadillo

  • #2

    desdemitribuna (lunes, 09 junio 2014 13:25)

    El bocadillo de chorizo pisoteado que me supo a caviar y el momento en el que mi madre piensa que es una buena idea después del "Alves-gate" que tomemos potasio en medio del partido. Jajajajaja!!

  • #3

    el Hereu (lunes, 09 junio 2014 14:07)

    30 segundos o el terrible lapso temporal q separa la chispa de la mecha, el embarazo de la falta de hijo o la cara de parva de una dulce victoria...

    No te verás en otra igual. No os veréis.

    Buen post, abonada ilegítima.

  • #4

    La otra parte: mendi (lunes, 09 junio 2014 14:59)

    Y el bocadillo y las galletas q casi matan ahogado a mi hermano dónde han quedado?? Esperábamos algún comentario al respecto! Teresa manifiéstate y muestra tu desaprobación!! Esta niña es una desagradecida...

  • #5

    Jorge Ramos (lunes, 09 junio 2014 15:51)

    gran articulo que ha hecho que recordara lo inolvidable.

    Quienes me conocéis bien sabéis que carezco de buena memoria. Por ello, no quiero dejar pasar estos momentos en los que no puedo dormir para tomar nota de todas las cosas que, junto con buenos amigos, hoy he visto que hacen grande a un club en un deporte de escala mundial.

    He visto cómo una afición exigente y que siempre pide creer puede terminar desolada y frustrada, hasta el punto de perder la fe.

    He visto cómo la garra y empuje de un equipo puede devolver la fe que nunca se debió perder.

    He visto cómo a un equipo contribuyen a hacerlo grande no sólo estrellas, sino también olvidados y ausentes.

    He visto a un caballero y señor saltar sin poder evitar aplaudir a un equipo por el que siente orgullo y pasión.

    He visto que lo improbable es posible. He visto algo épico y grandioso...

    ...he visto al Madrid ganar la décima.

    Y no lo quiero olvidar. Gracias por no hacer que lo olvide :-)

  • #6

    desdemitribuna (lunes, 09 junio 2014 16:02)

    Trichi comprende que las galletas llevaban en el bolso de mi hermana desde un año antes, en el momento en el que nos montamos en el tren. Cuando llegamos estaban ya más pasadas que la leche...

  • #7

    Soff (lunes, 09 junio 2014 18:58)

    Tb falta el pasaje de las llamadas ausentes de la radio ! Yo propongo que hagas un libreto de historias y a la feria del libro !!

  • #8

    Rastreator (lunes, 09 junio 2014 23:02)

    Yo todavía sigo buscando suelo bajo mis pies... Qué gozada, pero qué-real-gozada.

    Mayo se ha ido CON MATRÍCULA DE HONOR.

    Gracias por dejarme estar ahí PG.