La pasión turca

Una de aventuras para mi tribuna.

 

La semana pasada por motivos laborales estuve en Ankara. Otro rollo, otro mundo. Era mi primera visita a la tierra de Atatürk y vengo a contaros algunas cosas que me llamaron la atención durante el viaje.

Mi primera sensación al pisar terreno turco fue de alivio. Una leyenda negra como la del Madrid con Franco se cernía en torno a los controles de pasaportes en Estambul. Que si es la puerta de entrada a Asia, que si el tránsito de oriente a occidente, que si patitín, que si patatán.

 

Que sí, leyenda. Pero era a mí a quién le tocaba lidiar con un armario empotrado bigotudo y con cara de todo menos de amigo al que suponía que tenía que explicar por qué en mi pasaporte figuraba el visado de un país tan cosmopolita como Arabia Saudí y cuáles eran mis intenciones para con Turquía.

Me planté delante con más miedo que vergüenza y antes de que pudiera balbucear palabra, el armario abrió la boca para sonreírme y permitirme el acceso sin preguntas. Sólo “dientes, dientes”. Prueba superada.

 

Tras la escala de rigor en Estambul, aterrizamos en Ankara, destino último de nuestro viaje y la salida del aeropuerto fue memorable. Al abrirse las puertas de salida de la terminal, una multitud encendida de cabezas cubiertas, ataviadas con ramos de flores y cámaras fotográficas a lo chino nos brindaban una bienvenida tan calurosa como insospechada. Imagino que a algo similar se refería Rosa López cuando hablaba de la sensación visual que le provocaba el público de sus primeros conciertos.."eran como lentejillas". Pues aquí un poco más escasas, pero lo mismo. 

 

Días después nos enteramos que la semana anterior había sido la fiesta del cordero para el mundo musulmán, y aquella multitud estaba esperando a una marea de peregrinos procedentes de La Meca y no a aquellos 5 ingenieros que se creyeron por un momento estrellas de la copla y la canción.

Tras esta situación surrealista, os resumiría mi primera impresión sobre Ankara así: "Quien tiene una luz de neón tiene un tesoro". Que, qué? 

 

En el trayecto del aeropuerto hacia el hotel, asistimos a un espectáculo de luz – sin sonido – procedente de edificios aparentemente de viviendas desde donde se proyectaban luces de neón de todos los colores hacia el cielo turco. No entendí nada de aquello, a menos que cada uno de esos edificios fuera la sede central de “Los Ángeles de Charlie” en versión turca. Cine con rombos, ya sabéis.

 

A partir de ahí, a trabajar se ha dicho. Una cosa que desconocía es que en Turquía viven del té. Cada media hora irrumpía en la sala de reuniones, un amable señor con una bandeja cargada de pequeños vasitos de té. Al tercero icé mi bandera blanca (no podía ser de otro color), ante el riesgo de terminar con la tensión desplomada y acto seguido la acompañara el resto de mi cuerpo en dirección al suelo. Problemas diuréticos en Turquía, ni por asomo. Si a mi con unas aceitunas rellenas de anchoa me valía.

 

Si no querías té, la alternativa era el café. EL-CA-FÉ. Ya me habían advertido que se trataba de una bebida especial. Lo de especial, lo entendí después. Lo que aún me cuesta es comprender es porqué le llaman bebida, si hay que tomarlo con cuchillo y tenedor. Qué densidad, qué intensidad.

Tras 3 días resistiéndome, decidí vivir a lo loco y probarlo por no quedar de estirada delante nuestro anfitrión. ¿Con azúcar? Me preguntaron. Sí, por favor, 3 ó 4 sobres, gracias. De sobres nada de nada, allí o lleva azúcar desde su concepción, o dale amargor a tu cuerpo Macarena, puesto que una vez servido, no existe opción para remover aquello, a no ser que se tenga a mano...un rastrillo!

 

No viven sin té y tampoco sin picante. Hasta el pan llevaba guindilla. Sé que es exagerado, pero no fueron pocas las veces en las que preguntamos en los restaurantes si aquel plato concreto picaba, y los amables camareros respondían con un "no" rotundo. Picar, qué demonios es eso. Pues es exactamente sentirte como un dragón capaz de encender con tu aliento lo que se ponga por delante. Ese es el concepto occidental de picar, señor. Una de dos, o su paladar está hecho de otra pasta, o no entendían la palabra “spicy”. Para la próxima me la llevo aprendida en turco, o más bien cómo se escribe, porque pronunciarlo es harina de otro costal.

 

Más cosas, la conducción. Corrijo, allí no se conduce. Allí uno se lanza a la carretera como un poseso enloquecido con su taxi. Que el taxi tenga todas las piezas reglamentarias, es otro tema. Como también que puedas bajar tu mano del techo o de la guantera durante todo el trayecto - vaya suerte la del copiloto, doble nivel de sujeción -, mientras en la radio sonaba el Bisbal turco.

Quién dice Bisbal, osea yo, sabe que debería decir, lectura ininterrumpida del Corán, pero me tranquiliza pensar en los rizos, mecanismo de autoengaño. A partir de ahora le llamaremos el Bisbal del Corán.

Pues bien, su ritmo era lo único pausado de cada viaje por aquella maraña histérica de coches, taxis, autobuses, minibuses y todo tipo de medios de transporte que os imaginéis. Quizá fue una ensoñación fruto del pánico pero creo que ví hasta un dromedario pujando por ocupar un hueco en la fila de cinco coches en paralelo en una calle de dos carriles. Y no eran anchos, no. Los conductores pasaron su infancia entera jugando al Jenga.

 

En uno de los trayectos, los 4 ocupantes del taxi emitimos al unísono un grito desesperado (por supuesto, yo establecí el umbral del volumen) al ver que un señor atravesaba una carretera como la M-30 caminando, mientras el taxi se lanzaba en su dirección, sin aminorar su marcha y sin que el transeúnte saliera corriendo despavorido en dirección a la acera. Lo único despavorido fue la reacción del taxista, que soltó una sonora carcajada en respuesta a nuestro alarido. Otro rollo, otro mundo, ya os avisé antes.

 

El tema del fútbol también surgió. En una conversación más o menos distendida, se me preguntó que de qué equipo de Turquía era. Mi respuesta fue, además de improvisada (jamás lo había pensado), friki puesto que le comenté que tenía mis dudas ya que Roberto Carlos y Guti jugaron allí en Fenerbahce y Besiktas y era difícil decidirse entre dos mitos.

 

Por supuesto, el jefe era del tercer equipo en discordia, el Galatasaray y bajó el bigote cuando le comenté, por decir algo, "qué casualidad, el Madrid jugó contra vosotros el año pasado". “Nos ganasteis 3-0” me dijo, y fue ese el momento en el que intuí que debía cambiar de tema, antes de que se escapara por mi boca que lo sabía y que el resultado de vuelta en Estambul fue 1-6. Estuve lista.

 

El día siguiente en la reunión, delante de la plana mayor de su empresa y la mía, ví que sentado en la cabecera de la mesa – esa posición distingue - me señalaba y decía una frase en un turco que intuí muy cerrado y con un tono de todo menos amable, que la traductora debía transmitirme en inglés.

Fue un alivio que la pregunta no girara sobre ningún tema laboral, y sólo me consultara de nuevo sobre la misma cuestión, como si un ejercicio de prueba y error se tratara. “Del Galatasaray de toda la vida, Sir” le respondí y el señor sonrió a la vez que todos los presentes, aliviados. Salvada por la campana.  

 

Por último, dejadme deciros algo sobre la estética de los edificios. Neón aparte, a la luz del día descubrí numerosísimos banderones rojos con la estrella y la media luna desplegados en las fachadas de los mismos, acompañados por una fotografía de Atatürk más grande que lo que debió ser su propia persona.

 

Inmediatamente pensé que en oriente (medio) son muy dados a los iconos. Cuántas imágenes de manifestaciones con la foto de una persona enmarcada y alzada en medio de todo el gentío. En Turquía sólo había un retratado, Atatürk. Indagando un poco por Internet para aprender algo más sobre él, descubrí que además de ser el padre de la patria turca, fue el que con sus decisiones permitió que hoy sea posible que compartan parada de autobús, una chica ataviada con una minifalda y taconazos y otra cubierta por completo con únicamente los ojos libres de tela.

 

Obviando todas las bromas anteriores, esto es lo que más me llamó la atención sin lugar a dudas. Gente coetánea perteneciente al mismo país y civilización, con convicciones y modus - vivendi tan diferentes. Pensé en la situación que estamos viviendo en España, y en cómo tratan de poner de manifiesto diferencias entre nosotros que ni se le aproximan.

 

Como receta se me ocurre una buena dosis de “mundo” para alguno con cortura de miras, y la lección de que es mejor sumar que restar al diferente, para sólo así, quizá algún día, ser digno de verse retratado en alguna fachada o en algún libro. Queda dicho. Continuará

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Comentarios: 5
  • #1

    guisante (jueves, 23 octubre 2014 23:46)

    Tengo varias preguntas para usted:
    - los dientes del control de pasaportes eran dignos de la rusa?
    - tenia la mano en el techo como si subiese cierta cuesta inmortal en un pueblo de la costa?
    -Rosa Lopez, Bisbal.... donde esta Bustamente?? No hay dos sin tres!!

    Pd: no tarde tanto en escribir por favor!!!

  • #2

    No soy Prosi (jueves, 23 octubre 2014 23:53)

    Hablando de turcos. Que te parece la temporada de Ozil?

  • #3

    pilar (viernes, 24 octubre 2014 18:52)

    Una vez mas....genial! Me he podido imaginar un poquillo turquia! Massss

  • #4

    Rastreator (domingo, 26 octubre 2014 17:37)

    La Turquie... Dix points!!

  • #5

    La otra parte: Mendi (lunes, 27 octubre 2014 13:59)

    La escena del aeropuerto fue mínimo como la de Argo cuando van a salir de Irán no?