¡Este muerto está muy vivo!
















Este muerto está muy vivo!, ha sido mi primer pensamiento al ver de buena mañana un correo electrónico anunciándome que había un nuevo comentario de Magdalena en el blog.

Tiene mérito que alguien se acuerde de él, a pesar del flagrante ejercicio de desatención hacia mi tribuna y sus “seguidores”, dicho esto con cierta vergüenza y suponiendo que a alguien en cuyo carnet de identidad no figure el nombre de "Teresa Delfa" (mi madre) le interese mínimamente las tonterías que escribo. Prosigo.


En estos meses de ausencia ha habido cambios sustanciales en mi vida. Dije sí y sólo sí a comienzos de septiembre y lo que puede parecer muy sencillo - simplemente una palabra de dos letras, una de ellas acentuada, eso sí -, es en realidad un tsunami de tareas asociadas que debe pillarte en forma. Aviso para navegantes.

Quien dice tsunami, podría perfectamente referirse a la situación en la que te ves dentro del tambor de una lavadora – mi amigo Queipo puede ilustrarnos sobre el qué se siente-, que comienza a centrifugar y en cuyo final te cuelgan (sientan) en un avión con destino al más allá.


El más allá en nuestro caso fueron las lejanas tierras del país del sol naciente. Suponía para nosotros una decisión “arriesgada”. “Uhhh vives al límite, Elena”, podría imperarme alguien. Pues sí. El riesgo subyacente consistía en la posibilidad de morir de inanición por nuestro rechazo sistemático a la comida nipona. Que está de moda es un hecho, como también lo es que un trocillo de pescado crudo sobre una bola apelotonada y petrificada de arroz no puede superar a una lubina a la sal con sus patatitas bien doradas al horno.

Esta sentencia sé que será impopular (además de un poco tendenciosa) entre los sushifans pero no me amilano, lo discutimos cuando tengáis respuesta a la pregunta, “¿Para qué si no se inventó el horno? ¿Sabéis acaso lo que es una sartén? Eh, eh, eh.

Dejando a un lado nuestra aversión por lo crudo, no sólo no desfallecimos por la no ingesta de alimentos, sino que os ruego encarecidamente que vayáis, que visitéis ese país y conozcáis a esa gente y lo hago pasando de puntillas por las 19 horas de vuelo tras centrifugado!


Creo que debéis ir por numerosas razones. Primero porque viajar es la mejor forma de abrir los ojos y la mente, de enriquecerse cultural y personalmente, de descubrir a “los otros” y por ende dejar de pensar que la Tierra gira en torno al propio ombligo. En los tiempos que corren, si Copérnico levantara la cabeza y viera dónde creen algunos que está el epicentro de la Tierra, le daba un buen parraque.

Os cuento algunas cosas que descubrimos.


Nos llevamos la impresión de que se trata de una sociedad estrictamente organizada. Por poner un ejemplo, los tokiotas circulan en el metro por carriles imaginarios sin que nadie traspase la mediana que separa a los que suben de los que bajan, a los que esperan en fila la llegada del siguiente tren de los que se apean del mismo apresurados, mascarilla en ristre.

En los vagones, hay indicaciones para que no hables, ni por el móvil, ni lo que es más grave, sin el móvil. Hice por supuesto que no entendía el símbolo de una boca tachada, porque la otra opción, callarme, me llevaba directamente a morir. Riesgo dos.

En los baños, además de un elenco de botones tipo mando a distancia para ser regados por Dios sabe qué chorros de agua, había manuales pegados en las paredes sobre cómo utilizarlos. Es decir, no se meta dentro ni se ponga de pie encima del inodoro. Es posible que en la siguiente edición del cartelito, incluyan un "no se lave la cabeza con ese agua", no vaya a ser que a alguien se le ocurra semejante idea. Lo cierto es que entretenía la operativa, no os voy a mentir. 


Otra cosa! Encontré el remedio para solucionar el mal endémico del paro. Pon un ejército de empleados públicos en tu vida. No hablo del funcionariado español ni nada por el estilo, no se me revolucionen. Hablo de la presencia de hasta cuatro personas en un pasillo unidireccional del metro para indicar por dónde seguir caminando. Vivir a lo loco en versión japonesa debe ser que no haya nadie para indicarte que no debes subir las escaleras mecánicas cuando éstas bajan, o ya en la superficie, que para retirar los conos desplegados la noche anterior en la calle con motivo de una manifestación, haya menos de sesenta personas en torno a uno que es el que realiza la operación de retirada cónica. Ellos son "the observers" y no aquel bigotudo del Camp Nou.


Alguno de los candidatos a las elecciones generales podría llevarlo en su programa. Os juro que así se resuelve. Alguno menos Iglesias, claro, a ver si va a gustar la propuesta y nos da un sustazo llevando la coleta a la Moncloa. Bromas las justas.


Qué más. Los peluches y dibujos japoneses que hemos visto en la tele toda la vida estaban por todas partes. Pues vaya descubrimiento, podréis decir, si todos sabemos que eran japoneses. Pues sí, pero lo llamativo es que allá donde ibas había un Pikachu o un muñeco o un oso panda vestido de revisor de tren. ¿Creéis necesario que se ilustre un cartel en el que se indicaba que no se debía empujar a nadie a la vía con Doraemon el gato cósmico en una esquina del póster?. Tenía su gracia aunque debí repetir hasta casi torturar la frase “estos son más infantiles que yo” como unas dos millones de veces en dos semanas. Avatares de la vida conyugal.


Un tercer aspecto. Además de infantiles y organizados, son absolutamente amables.

Nunca me había pasado que estuviera cayendo el diluvio universal y nosotros, mojados hasta las rodillas y con un paraguas para los dos, viéramos cómo paraba un coche a nuestro lado en la acera, se abría la ventanilla y salía una mano con un paraguas en nuestro auxilio. Nos quedamos boquiabiertos preguntándonos si eso que acababa de suceder era real. Ni siquiera llegamos a ver la cara de la persona que nos lanzó el salvavidas en medio del tifón.


Esa fue la mini-anécdota. La maxi, fue cuando me olvidé mi bolso en McDonalds una noche, y el día siguiente me di cuenta de mi fatal error. Salí corriendo como alma que llevaba el Diablo hacia allá y tras casi zarandear a la pobre señora que me atendía que no entendía una palabra de inglés, ví en un cuaderno que sacó llenito de caracteres japoneses, “Elena Pérez Delfa”. Le señalé mi nombre y entonces pareció comprender. Salió conmigo a la calle a indicarme que fuera a la “Police” y allí me recibió una amable japonesita que me preguntó por el contenido de mi bolso. “Los pasaportes, mi cartera y 60 tapones para el reciclaje”. Casi nada. Al rato me trajo el bolso con el contenido exacto del mismo, no sin antes preguntarme cuál era el objetivo de mi viaje. Extrañada se quedó cuando le respondí “turismo” a lo que supongo que debió añadir “ecológico”. Vaya vergüenza…aunque me consuelo inculpando a la friki recicladora de mi hermana.


Lo más impactante es que no son sólo amables con los humanos. También con las deidades, aunque dudo de si en este caso buscan algún tipo de favorcillo. Las estatuas de Buddha lucían un gorrito de tela al estar un poco complicado que sujetaran ellas mismas un paraguas. Pero anda que no debe ser desagradable que te caiga semejante tunda de agua encima de la cabeza calva. Me diréis que no son atentos estos tíos.


Por último, quería hablaros de su deporte. No es el béisbol, ni el fútbol como creen. Es el doblamiento de torso. Lo ejercitan cada aproximadamente 10 milésimas de segundo. Para todo. En vez de respirar, ejercitan los músculos de la cara, estiran los mofletes para sonreír (los ojos no les hace falta) y sueltan el aire mientras pronuncian “arigato”. Algo así como “gracias”. ¿Pero gracias por qué? Pues yo qué sé, por todo y para todos.

Imaginad un establecimiento de comida rápida en una estación de metro por la que pasan 4 millones de personas al día. Y unas colas kilométricas para ser atendido. Pues la dependienta ejercitaba el balanceo de medio cuerpo por cada persona que atendía. Y si para un pedido iban dos personas, zas zas, dos movimientos rápidos de arriba a abajo y de abajo a arriba. Matador si tu forma es mi forma actual pero más económico que pilates, zumba y todos esos mundos desgarradores de músculos agarrotados tan de moda hoy en día.


Ayyy y una última cosa si es que alguien ha llegado hasta aquí leyendo. En Japón no existen los sobornos. El último día de nuestra estancia en Tokio nos despertamos a las 3:30 de la madrugada para ir al mercado central de pescado a ver una subasta de atún. Diréis vaya chorrada, si te dicen de ir a Mercamadrid un día a esas horas les mandaría bien lejos. Pues ya, pero es la vida del turista, lo que os decía de aprender y todo aquello.

Llegamos allí a las 4:15 y coincidimos en la puerta con un grupo grande de turistas españoles. Había un guarda en la puerta que nos comentó que “No tickets”. Como pudimos entendimos que se habían acabado una hora antes. Mucho loco por el mundo.

Cuando desapareció el grupo de españoles, me acerqué al amable guarda y le comenté que era nuestro último día en Tokio, que éramos sólo dos, poniendo la mejor de mis sonrisas. Déjanos pasar querido. Pues el hombre se ofendió, “no please, no please” con los brazos en aspa en señal de prohibido. Si no le dije nada de darle dinero, por qué tanto susto!! Me sentí fatal pero había que intentarlo. Espero que al menos pensara que era italiana.


Al final este post se ha convertido en un ejercicio de plasmar por escrito los recuerdos de dos semanas inolvidables puesto que dudo que alguien haya llegado hasta aquí. Ni os he hablado de la carne flotando en un líquido que seguramente fuera venenoso ni nada. Pero ya qué más da. Lo que sí he mantenido antes y después del sí, ha sido que no sé resumir.


O sí. Id. Por favor.