El ilusionista

Qué disgusto, qué de disgustos. Otro marzo que comienza, ¡ay marzo!, y con él, reaparece ante nuestros ojos la triste y polvorienta familia de bolas rodadoras del desierto de cada año. Una detrás de la otra, gira que te gira, mientras no nos queda otro remedio que contemplarlas desde la resignación y el aburrimiento más profundo.

 

Lo que para cualquiera supondría decir “hasta otra” al abrigo, atender la llamada a la puerta de la esplendorosa primavera, qué sé yo, contemplar el estallido en flor de los cerezos del Jerte, las torrijas y las procesiones de Semana Santa (o de Festividades, por la gloria de Carmena), para el madridista militante es el comienzo de una época de trincheras. Se nos invita a hacer equilibrismo por un precipicio mientras cien cañones por banda apuntan al corazón mismo del Paseo de la Castellana, el Verdún del XXI.

 

Cualquiera podría pensar que es este un episodio atemporal, quién hace la guerra en la primavera, pero estaría equivocado. En tiempo de Cuaresma, los madridistas, además de Viernes de Dolores, tenemos sábados y domingos, y sabemos muchísimo de torrijas! Habrán visto anuncios, “Concha Espina 1, maestros pasteleros en la variedad de torrija mental”. Somos la leche y estamos en tiempo.

 

Y digo somos, porque lo siento mío. Muy muy mío. Es por esto por lo que me duele tanto el sábado o el domingo, por lo que aborrezco las torrijas y por lo que detesto ver ante mis ojos las puñeteras bolas rodadoras de las que os hablaba al principio, con el hándicap de que el polvo que las acompaña nubla la visión y hace perder perspectiva. No siempre fue la primavera su tiempo y la Castellana su desierto. Podrán creerme o no, pero hubo una época en la que se paseaban, ¡todo el año! esbeltas por las Ramblas. Qué tiempo tan feliz, parafraseando a la Campos.

 

El hecho es que le han cogido gusto a la Capi, quién no, y encima, una vez afincadas en Madrid, han decidido cambiar de barrio. Del noreste al centro y aquí, del Paseo de los Melancólicos a Chamartín. Dónde va a parar, es natural el cambio. No es el hecho, sino la causa la que quiero desgranaros hoy.

 

Hace 16 años, casi media vida, me-dia-vi-da, se apareció en el Bernabéu un mago que todo lo que tocaba lo convertía en oro. Del tiempo de bailar “la Macarena” en el palco, pasamos a ser presididos por un tipo que realizaba promesas inverosímiles y las cumplía. El ilusionista le llamaban. De él, se conocía su nombre, Florentino, y su apellido, que dramáticamente coincide con el mío. Vericuetos de la vida.

 

Sus actuaciones llenaban estadios en pleno julio. No había persona que se resistiera a sus encantos. Sus trucos, de lo más diversos. Entre otros, la servilleta mágica con la que consiguió una declaración de amor eterno de Zidane o la manga de la que salió Ronaldo el gordo aquella noche del 31 de agosto. No me digan que no tiene mérito. Un gordito de la manga de una camisa. Como para no quedar obnubilados ante semejantes proezas.

 

Y encima era una máquina de hacer dinero. Con lo que nos gusta a la gente (término tan en boga últimamente) la pasta. Gansísisima oye. No hay mejor propaganda posible. Somos (vuelvo a la primera del plural) el Club más laureado del mundo y encima los más ricos. Quién nos tose, eh, quién.

 

La realidad es que nos tose todo quisqui. Sí, todo quisqui viviente. Y se preguntarán, ¿cómo puede ser eso posible? ¿Cómo se rompió el hechizo de esa forma?

 

Pues exactamente cuando el mago pensó que la Historia gana (y si es la más grande, golea) y que el dinero por sí solo, asegura campeonatos. Además, consideró que él era capaz de todo. Fue en ese momento, cuando las bolas rodadoras cogieron carretera y manta desde el noreste, dirección Madrid. Y lo peor de todo es que no nos dimos cuenta.

 

El mago, por su parte, empecinado en la creencia de que con sus súper poderes podía encumbrar a propios y someter a extraños, continuó su labor de ilusionismo.

 

Quería que sus números fueran por todos conocidos y extendió invitaciones a personas de distinta procedencia. Entre los espectadores de lujo, un año contó con un salmantino, otro con un apuesto portugués, también con un murciano, un madrileño, un brasileño con un cuadrado ¡mágico!, un psicólogo, un chileno, otro portugués, un italiano (ay, el italiano), otro madrileño al que le gustaban los Phoskitos y un francés. Podría parecer aquello de “iban un gallego, un andaluz y un catalán”, pero no. No es chiste, sino un truqui - drama.

 

En determinadas actuaciones, se hizo acompañar de ayudantes, que más que colaborar en los trucos, hacían el papel de figurantes. No deseaba que pudieran pensar de él que era un ególatra, si bien era por todos conocido que los súper poderes eran exclusivamente suyos. Entre los figurantes, contó con un argentino de delicadísima prosa, un Benito, un italiano llamado Arrigo, un plomo que aun contando con un pasado de relumbrón, se hizo tan pequeño ante él que le trataba como un ser superior, un ex compañero del plomo, y un misterioso señor al que apodaban JAS.

¡Qué variedad de trucos y qué despliegue de ayudantes!. “Con esta fórmula, el éxito está asegurado”, podría cualquiera pensar. Craso error.

 

Sigo, no sin antes avisarles que ahora viene la parte complicada de este cuento tan bonito. Absténganse los niños puesto que su sensibilidad puede ser herida, luego no digan que no se lo advertí.

 

Lo que estuvo asegurado fue el fracaso más estrepitoso. Y la infelicidad. Y la mofa. Hasta una chirigota en el Carnaval de Cádiz.

 

El motivo fue que Florentino, recuerden, así se llamaba el mago, se enamoró de sí mismo y de sus trucos. Con el que más disfrutaba era con uno en el que hacía aparecer un conejo de una chistera. 

 

¡Le encantaban los conejos! Compró muchos ejemplares de una especie concreta. Todos de la misma familia, con pequeñas modificaciones de unos con respecto a los otros, tan blancos, tan bonitos. Tan iguales.

 

Además de conejos, necesitaba chisteras. Y fíjense cómo era, que no quiso que ningún otro mago en el mundo pudiera contar para sus trucos con las mismas chisteras que él, así que las compró todas.

 

Un día, uno de los figurantes se atrevió a sugerirle: “hay más trucos que podríamos incorporar a nuestros números. Deberíamos enriquecer nuestro repertorio. Además de conejos y chisteras, podríamos emplear pañuelos y cartas, varillas y cuchillos”, le dijo esperando su reacción.

 

Esta idea descabellada enfureció al mago. ¿Si eran figurantes, cómo se atrevían a dar consejos? ¿Cómo es posible que dijeran “nuestros números y nuestro repertorio” si todo aquello era exclusivamente suyo?, se planteaba el ilusionista con disgusto. Así pues, decidió prescindir de todos. Salvó eso sí, al mito-plomo, ese que no molestaba, el que le rendía pleitesía.

 

Y así fue como poco a poco, el éxito le fue abandonando. Seguía siendo el más rico, el estadio continuaba lleno, pero la gente ya no estaba feliz.

Acudían al espectáculo cada fin de semana cegados por el polvo que levantaban las bolas rodadoras de la Castellana. Fieles pero apesadumbrados, sabedores de que contemplarían un numerito que se sabían de memoria, mientras que otros magos iban atrayendo la atención de personas de todas partes.

 

El ilusionista recordó aquello de las cartas y los pañuelos y decidió arriesgar. Trató de conseguir que sus conejos hicieran desaparecer el as de copas y sacaran un pañuelo de detrás de sus largas orejas, pero no lo logró. Pensó que quizá, trayendo otros conejos más inteligentes lo conseguiría.

 

Lo que no se dio cuenta era que estaba buscando que sus conejos hicieran cosas de las que no eran capaces, ¡no era lo suyo!.

 

Tampoco entendió eso ni todo lo demás. Su modelo estaba abocado al fracaso y sólo arrancaba las palmas cuando alguno de los conejos de los que disponía, (recordad, eran una especie única), era capaz de realizar un número asombroso. Pasaba con cierta frecuencia, pero no con la asiduidad que se esperaba de ellos. Incluso, alguna vez, provocaron en el público lágrimas de felicidad, en concreto recuerdo un momento estelar "in extremis". Aquel maravilloso día del minuto 93. 

 

Es duro, ¿verdad?; ya se lo advertí.

 

El corolario de este cuento ya he mencionado antes.

 

¿Se acuerdan cuando les dije que todo comenzó cuando el mago pensó que la Historia gana y que el dinero por sí solo, asegura campeonatos? Ahí estaba la clave de todo esto.

 

El dinero por sí solo no asegura nada, tampoco la felicidad. Lo que sí puede y debe hacer, es ayudar a encontrarla, siempre y cuando sea empleado de forma conveniente.

 

Y con respecto a la Historia, sólo vale una cosa. Mejor dos. Respetarla y honrarla. Si no se hace esto, corremos el riesgo de que sólo los que tengan el Don de la Memoria puedan recordar lo que fuimos y lo que es aún peor, que otros que estaban muy muy lejos, puedan llegar a igualar o superar nuestros hitos. Duele.

 

No se me ocurre una manera mejor de respetar nuestra Historia que no sea ganar. Y volver a ganar. Y volver a ganar y ganar. Honrémosla.

 

Escribir comentario

Comentarios: 3
  • #1

    Guisante (jueves, 03 marzo 2016 11:21)

    Falta un documento grafico que se quito en menos de 20s!! Por favor, invitenos a la tribuna mas a menudo que se hace muy larga la espera

    Fdo: guisante camino de garbanzo

  • #2

    desdemitribuna (jueves, 03 marzo 2016 11:24)

    ¡Es que el mago lo hizo desaparecer! Creo que rezaba "Florentino dimisión" pero tengo miopía y no lo pude ver con nitidez.

  • #3

    Magda (sábado, 05 agosto 2017 02:45)

    Echo de menos post sobre otros temas. Pudiendo hablar de política, sociedad, arte, literatura, vida...¿a quién le interesa hablar de fútbol y clubes y futbolistas?